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Mi madre, la bailarina

“Su ojo simplemente gravitaba en la belleza de las cosas de todos los días”.
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Este Día de la Madre recordé especialmente a la mía, a mi madre, la bailarina. Hija de un gran poeta y hombre de letras –Alberto Guerra Trigueros– y nieta de la hermana de Rubén Darío –Lola Soriano–, lo de ella fue el baile y la música, su complemento. Y así compartió su vida con un músico, mi padre, el violoncelista, que la complementó dándole un sentido más pleno a su existencia. Al final de su vida con sus facultades disminuidas, las formas y los colores de una evolucionada estética acompañaron su dulzura y amor hasta el final de sus días.

María Teresa, la mayor de cuatro hermanas, nació en París donde sus padres vivieron en los veinte del pasado siglo. Al igual que su hermana, mi tía Dora, la poeta, las pronunciadas rrrrs la acompañaron toda la vida. Contaba mi abuela que en el hospital donde nacían tantas francesitas blancas, se la llevaron envuelta como ídolo erguido prensada en una sabanita blanca, resaltando su pelo negro parado y su intensa mirada con el ceño fruncido. Cuando la vio con mezcla de lástima y ternura expresó: “Pobrecita mi hija...”. Pero esa morenita se convirtió en una belleza y en una gran bailarina de ballet clásico.

Cuando a principios de los cuarenta, el Original Ballet Ruso –en el exilio– pasó por El Salvador y la vieron bailar, la contrataron para irse a México donde estuvo un par de años formando parte de su elenco de bailarinas que hasta en una película aparecieron. Eran los tiempos de Diego Rivera y Frida Kahlo a quien conoció brevemente. Los numerosos y extenuantes ensayos y funciones deterioraron su salud regresando muy delgada a su país donde continuó bailando y dando clases de ballet en Santa Ana y San Salvador.

Un día de 1948 su padre le contó a su madre, a ella y a su hermana que un violoncelista francés daba un concierto en el Teatro Nacional pidiéndoles asistir. Después de reunirse con amigas en el Country Club –ahora Casa Presidencial– se unieron a sus padres para escuchar el concierto del violoncelista francés que realmente era rumano y cuyo verdadero nombre pocos conocieron. Al finalizar el concierto, don Alberto, acompañado de su esposa e hijas, felicitó al violoncelista Nicolás Arene. Cuando este escuchó su nombre, espetó: “Yo tengo una carta para usted”, preguntándole: “¿Y sus hijas?”, apareciendo las dos bellezas. El poeta chileno Juan Guzmán Cruchaga –que había sido cónsul y agregado cultural en El Salvador– le habló al chelista de su amigo Guerra Trigueros después del concierto que dio en Santiago con el gran pianista Claudio Arrau, instándolo a conocerlo con su esposa y sus dos bellas hijas, entregándole una carta. Años antes le presentó a Gabriela Mistral con quien desarrollaron una gran amistad, convirtiéndose en la madrina de confirmación de la bailarina.

Todo indica que entre la bailarina y el violoncelista fue “amor a primera vista”. Antes de casarse dos años más tarde, dieron juntos un concierto en el teatro de Santa Ana capturando el interés y la curiosidad de la gente, ella bailando inspirada con la música del violoncello de su amado. En su apasionado intercambio cultural, procrearon cuatro hijos que –lamentablemente– no heredaron ninguno de sus talentos artísticos. Durante tres décadas y media fue profesora de ballet, durante la última, directora de la Escuela Nacional de Danza donde, además, introdujo el ballet moderno.

Cuando comenzaba a bailar encendía las fiestas. En las de la vecina –Julia Díaz– que eran frecuentes, mi padre siempre regresaba a casa antes que ella. Bohemia, llena de vida, femenina, sexi, de un gusto impecable, la cocina y los oficios del hogar le eran ajenos.

La guerra civil y el involucramiento de sus dos hijos mayores los obligaron a salir a Nicaragua donde siete meses después murió su entrañable complemento. En nuestro pequeño “paraíso terrenal” de la carretera sur vivió sencilla y tranquilamente en medio de la naturaleza, la gracia y el amor de su segundo nieto llamado Nesti como su esposo, que tanto nos ayudó a superar el dolor de su partida. Luego vivió con sus hijas en Washington, regresando finalmente a su país, tan diferente.

En el homenaje que su familia y amigos le hicimos en la Sala Nacional Salarrué días después de su partida en noviembre de 2010, las palabras de mi esposa, Francesca, capturaron su espíritu y esencia: “Sus opiniones sobre libros, arte y gente eran firmes, y sus percepciones se hacían más interesantes por el picante toque jalapeño que les incorporaba. Era agudamente apasionada sobre sus gustos, nunca dulzona, cursi o sentimentalona. Tenía una gran intuición sicológica y una sensibilidad que atraía profundamente a la gente, en grandes cantidades, para muchas, fue una confidente de importancia. Siendo muy genuina, tenía poca paciencia con la mentira, lo fraudulento y la falta de sinceridad en los otros... Una mujer sofisticada que obtenía gran placer en las cosas sencillas debido a su tremendo apetito por lo estético. Su ojo simplemente gravitaba en la belleza de las cosas de todos los días”.

Las formas y los colores de una evolucionada estética acompañaron su dulzura y amor hasta el final de sus días. Mi madre, la bailarina.

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