Mientras la incertidumbre se mantenga como está no habrá verdaderas posibilidades de impulsar un desarrollo significativo

Si no se proyecta el país hacia adelante, todas las retrancas existentes se mantendrán intactas; y si no se mueven en el plano real los proyectos creativos será imposible garantizar eficiencia en plan progresivo.
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Uno de los factores más determinantes de la situación general que se vive en el país lo constituye la incertidumbre que campea prácticamente en todos los ámbitos de la vida nacional. Hay que partir del hecho cierto y comprobado de que no puede haber certidumbre si no hay confianza, y ésta desde hace mucho brilla por su ausencia entre nosotros. La confianza nace en primer término de la predictibilidad firme y sostenida, lo cual sólo puede alcanzarse cuando todos los actores y factores que juegan en el ambiente, y muy en particular los que tienen más incidencia en las decisiones básicas, están en línea con los intereses generales, que desde luego también van evolucionando según el paso de los tiempos.

En El Salvador, como es evidente hasta la saciedad, venimos padeciendo rezagos prácticamente en todas las grandes tareas por hacer, y dichos rezagos provocan constantes desajustes, fricciones y frustraciones, con los efectos desanimadores y desestabilizadores que vienen en consecuencia. Estamos constantemente amenazados por la impredictibilidad de lo que pueda pasar, ya que lo único realmente predecible es el manejo de la improvisación y el predominio de la maniobra. Uno de los escenarios más notorios al respecto es la Asamblea Legislativa, en cuyo seno se tienen que tomar con frecuencia decisiones trascendentales para el país. El tuerce interesado de voluntades y la práctica de los “sorpresivos” siguen siendo amenazas reales para la sana práctica legislativa.

Vicios como los señalados, que sólo son una parte de la muestra más amplia que se manifiesta en el día a día, hacen que la incertidumbre sea la nota predominante en nuestro enrarecido ambiente. Dadas las circunstancias, lo lógico sería que la institucionalidad en funciones se comprometiera sin reservas a hacer todo lo necesario para potenciar tanto la confianza como la certidumbre básicas para un buen desempeño. La confianza se afirma en los hechos cuando se mide bien lo que se ofrece y se decide, y se cumple con seriedad lo ofrecido y lo decidido; y la certidumbre gana terreno cuando el hacer de todos corresponde de manera sistemática a las voluntades y a los intereses de todos. Con nada de esto contamos en la actualidad, y por eso cunde la sensación de que vamos a la deriva hacia lo desconocido.

Para poder salir adelante hay que analizar, calibrar y activar potencialidades en todos los campos. Justamente en lo que toca al crecimiento potencial del país, el Fondo Monetario Internacional acaba de advertir que El Salvador no ha recuperado la situación anterior a la crisis internacional detonada en 2008. Seguimos yendo a la zaga en Centroamérica, con un crecimiento estimado de 2.5% en 2016, cuando otros países vecinos alcanzan tasas hasta del 6%. Y tal estado de cosas, que nos sigue poniendo marcas inquietantes, tendría que ser no sólo evaluado sin evasivas, sino motivar a todos los motores nacionales a ponerse en plan de reactivación emergente, haciendo esfuerzos extraordinarios para empujar correcciones y animar iniciativas exitosas.

El desarrollo, como se ha reiterado con tanta insistencia, es una labor integrada que debe tener dos componentes insoslayables: visión y creatividad. Si no se proyecta el país hacia adelante, todas las retrancas existentes se mantendrán intactas; y si no se mueven en el plano real los proyectos creativos será imposible garantizar eficiencia en plan progresivo. Todo lo que venga dependerá de que se empiecen a hacer de inmediato los ajustes pertinentes.

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