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Mientras no se erradique a fondo el asedio del crimen no podrá haber progreso sostenible

Porque hay que partir de un concepto omnipresente en la realidad de cualquier tiempo y lugar: nada surge de la nada, todo tiene un comienzo y un desarrollo. Así fue la guerra que se instaló en el país durante más de una década, y así es la violencia criminal y social que hoy hace de las suyas.
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A diario vemos en el recuento de los hechos que pasan en nuestro atribulado ambiente las consecuencias del accionar del crimen sobre las vidas de las personas, sobre la situación de las comunidades y sobre la atmósfera general del país.

Las víctimas del embate criminal menudean por todos los rumbos y los asedios al vivir normal de todos se multiplican por doquier; y lo más grave es que este trastorno tan destructivo va ganando características de normalidad, lo cual es el efecto más desestructurador y erosivo que puede ocurrir en cualquier sociedad.

La nuestra está evidentemente en crisis profunda, y las mejorías de efecto parcial y circunstancial lo que hacen es maquillar a medias dicha crisis, dándoles más alientos a los factores que la potencian y la estimulan. Salir de esto que puede ser calificado sin exageración ninguna como una trampa histórica es, ahora mismo, la responsabilidad mayor para los salvadoreños de cualquier origen, condición o color político.


Con frecuencia surge la pregunta sobre cómo y por qué causas llegamos al presente estado de cosas en lo que a la inseguridad generalizada y galopante se refiere. Hacer análisis pormenorizados, sinceros y profundos al respecto tendría que ser tarea prioritaria de los distintos entes que se dedican a analizar la situación nacional y a plantearse fórmulas para el tratamiento de la misma; y así se rompería la tradición tan dañina de resistirse a reconocer y a desentrañar las causas que están detrás de los sucesos que se van dando sucesivamente.

Porque hay que partir de un concepto omnipresente en la realidad de cualquier tiempo y lugar: nada surge de la nada, todo tiene un comienzo y un desarrollo. Así fue la guerra que se instaló en el país durante más de una década, y así es la violencia criminal y social que hoy hace de las suyas.

Cuando hablamos de erradicar el asedio del crimen no nos referimos, desde luego, a ningún tipo de violencia extralegal ni a ninguna forma de componenda con las organizaciones criminales. Esas dos fórmulas, que ya se pusieron en práctica en distintos momentos del pasado, son aberrantes y contraproducentes, como la experiencia vivida enseña de manera inequívoca.

Lo que hay que hacer es convertir de veras a la institucionalidad en gestora auténtica de la normalidad legal, haciendo uso de todos los recursos que están legítimamente a la mano para que ninguna conducta violatoria o abusiva pueda sostenerse en la impunidad, como ocurre en las circunstancias presentes. El objetivo, pues, debe ser que la paz social y la estabilidad política hagan alianza virtuosa en el plano de los hechos, para que pueda hablarse de veras de un país funcional en todos los órdenes.


Los salvadoreños necesitamos progresar en paz, y el auge del crimen arraigado de tantas maneras con autonomía desafiante es el principal obstáculo para que el progreso se concrete y avance. Como se repite en todas las formas imaginables: no podemos seguir así, porque los efectos de ello son la ineficiencia institucional creciente y la insostenibilidad social progresiva. La ciudadanía tiene conciencia de ello, y lo que falta es que los liderazgos nacionales también la asuman.


Se habla de lucha contra la impunidad. Pues bien, la forma más grave y extendida de impunidad es aquella de la que continúan gozando en gran medida las organizaciones del crimen. Eso es lo que hay que erradicar de inmediato sin excusas ni pretextos.

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