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Mientras no tengamos apuesta productiva de país no podremos abrirle camino al desarrollo

La tarea de aportar a la definición de la apuesta aludida y de la agenda correspondiente no es exclusividad de nadie. Se trata de un ejercicio que debe recoger todos los insumos posibles, para que al final resulte un planteamiento con amplia base.
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Uno de los factores más negativos y desestabilizadores que se hacen sentir cada vez más en el ambiente es la falta de un crecimiento económico que tenga la potencia y la consistencia suficientes para hacer que el país y su población puedan sentir que se mueven hacia adelante en terreno seguro. Dicha falta se viene manejando crónicamente como un tema político coyuntural más que como lo que en realidad es: un fenómeno que se ha ido volviendo estructural porque no ha habido hasta la fecha ejercicios de compromiso realista y consensuado al respecto. No hay ninguna forma de justificar tal descuido histórico de consecuencias tan nefastas, y lo más grave es que ni siquiera asoman señales de que tal actitud irresponsable va a ser corregida en lo inmediato.

Todos los países que han logrado dar significativos saltos de calidad en la temática del desarrollo han partido de un diagnóstico certero de su propia realidad, para, a partir de ahí, gestar y gestionar planes integrales dirigidos a poner todas las energías nacionales en una misma dirección productiva y competitiva. Eso ni siquiera por sombra ha ocurrido entre nosotros, y por ello seguimos yendo de salto en salto, sin saber donde vamos a caer en el salto próximo. Necesitamos, pues, con urgencia incuestionable, definir nuestra agenda de desarrollo, partiendo de la apuesta productiva que le sirva de hoja de ruta a dicha agenda.

En el ámbito del crecimiento, todos los países tienen sus potencialidades propias, sus ventajas comparativas y sus limitaciones correspondientes. Y si esto se da en países que tienen gran caudal de recursos de todo tipo, ya no se diga en un país como el nuestro, que cuenta con poco para salir adelante. Al ser así, nuestra tarea definitoria de la apuesta productiva nacional tiene que ser estrictamente realista y auxiliarse con un esfuerzo de creatividad que sirva de garantía de que los dinamismos impulsados pueden funcionar de veras en los hechos.

Áreas como el turismo en todos sus niveles, como la producción industrial especializada, como la logística y como el aprovechamiento conectivo de nuestra ubicación geográfica deben ser considerados a fondo para el diseño de esa apuesta y de la agenda en la que tendría que plasmarse. Para que esto se logre hay que abrir las mentes de todos, dejar atrás prejuicios ideológicos y complejos infundados, olvidarse de la pugna artificiosa entre el quehacer público y el quehacer privado y decidirse, como sociedad y como nación, a tomar el control del destino nacional en función de todos los salvadoreños.

La tarea de aportar a la definición de la apuesta aludida y de la agenda correspondiente no es exclusividad de nadie. Se trata de un ejercicio que debe recoger todos los insumos posibles, para que al final resulte un planteamiento con amplia base. La academia, los llamados tanques de pensamiento, las organizaciones privadas y los entes políticos y gubernamentales tienen su rol al respecto; y todo esto habría que articularlo con la precisión y la apertura del caso para que lo que salga sea eficiente y sostenible. La coyuntura de definiciones electorales del más alto nivel es claramente propicia para activar esta dinámica.

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