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Migrar desde el país de la esperanza

Es claro que cada gobierno de turno intentará destacar en cada año de gestión lo que a su juicio se ha traducido en logros. Es normal y está bien. Así lo vivimos durante los 20 años de ARENA y así lo seguimos viviendo.
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Recuerdo por ejemplo a varios presidentes de derecha dando discursos en los que yo no podía reconocer a mi propio país. En ese tiempo, de menos redes sociales, también hubo espacios para comentar lo mucho que deseábamos ir a vivir a ese país que nos describía el presidente en turno. Y sé que seguirá siendo así.

Yo lo entiendo. ¿Quién puede decir que lo haría diferente?

Lo que no se vale es que ignoren de manera brutal lo que realmente nos preocupa. Y lo que tampoco se vale es que nos mientan en la cara.

Salvador Sánchez Cerén dijo textualmente en su discurso: “La población va recuperando la esperanza de vivir en paz y tranquilidad”.

Yo tengo una variada lista de ejemplos para refutar esa afirmación que me parece por demás ofensiva. Una de las que más me ha golpeado en los últimos dos años es la migración de gente cercana. Profesionales, gente con trabajo, con arraigo, con familia, que han preferido dejar lo construido y empezar en otro país. Si tuviera que ponerlo en un número simbólico, de 10 amigos cinco migraron ya y de los cinco que me quedan todos, TODOS quieren salir corriendo.

No es la misma migración de siempre. Son cada vez más profesionales, gente que ya se educó, que ya es productiva pero que está haciendo hasta lo imposible por largarse. Los tengo repartidos en Panamá, Honduras, Costa Rica, Guatemala, Suecia, Uruguay, México, Canadá, España y la mayoría en Estados Unidos. Y una vez fuera no quieren volver, a veces ni siquiera de vacaciones. Y es doloroso porque entonces, ¿cómo rescatamos lo que tenemos si la gente lo que quiere es largarse?

Creo que el salvadoreño agradecería más la honestidad, que hablen de logros, de créditos otorgados, crecimiento económico, vaso de leche, y sus etcéteras, pero acompañados de verdades. Con el franco reconocimiento de que los hospitales están agobiados por la falta de medicinas, que la gente lastimosamente tiene que comprar hasta sus analgésicos. Que si quieren nos ilusionen y nos digan que están trabajando en mejorar la compra de medicamentos. Que nos ilusionen un poco y nos digan que aunque persisten los territorios controlados por pandilla –donde ellos deciden quién entra y quién no– están trabajando en un plan estructurado con todas las instituciones involucradas para recuperar esas zonas y a sus habitantes, a sus jóvenes.

Que reconozcan que tenemos la sombra del impago encima, que se disculpen porque por su mala cabeza nos recortaron presupuestos valiosísimos para rubros que han sido su propia bandera como son Educación y Salud. Pero que a la vez nos aseguren que buscarán por todos los medios un consenso con los partidos políticos, que ya no abonarán a la polarización y que, en adelante, revisarán sus presupuestos para reducir gastos suntuosos de los tres órganos del Estado.

Dígannos algo para creer, para querer seguir luchando por este pedazo de tierra, para confiar en que podemos tener funcionarios eficientes, pero no nos mientan. Cada vez tengo menos idea de cómo podemos seguir luchando desde aquí.
 

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