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Misión de luz

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Con alguna frecuencia todos nos preguntamos, no siempre con palabras: ¿Cuál es el sentido de nuestra presencia en este mundo? Y las respuestas casi siempre son emanaciones del enigma. Lo cierto es que estamos aquí, y que alguna tarea existencial nos toca llevar a cabo. Basta con ponerle atención al proceso de vida de cada quien para tener al menos la impresión de que aquí nadie está en vano. Entonces, lo que hay que concluir es que todos los días tienen sentido y todos minutos cuentan, porque lo que la vida significa es una especie de beneficio cotidiano que hay que corresponder de la mejor manera posible. Volvamos a preguntarnos: ¿Cuál es el sentido de nuestra presencia en este mundo? Y animémonos a darnos una respuesta convincente: “Estamos aquí para hacernos cómplices de la luz”. Alguien podría decir: “Usted se proyecta, porque lo que dice es simplemente una frase poética”. Podría ser, ¿pero no es acaso la poesía el mejor termómetro de las vivencias profundas? Dejémoslo así... Quedémonos en el término “luz”. Es lo más cercano que tenemos a la divinidad. En el principio se hizo la luz. Y nosotros, como los principales oficiantes de la Creación instalada en el mundo, somos, por vocación de destino, los primeros encargados de difundir esa luz que es el máximo regalo. Honremos, pues, tal privilegio, y dejémonos ser los repartidores naturales del misterio iluminante. Todo lo que necesitamos es tomar animosa conciencia de ello.

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