Misiva a los diputados nuevos

En primer lugar, permítanme felicitarles. Si sus ambiciones son nobles y de verdad creen que la política salvadoreña necesita (y puede) ser cambiada desde dentro, les felicito por haberse involucrado y por ganar la confianza de los votantes.
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Foto archivo/LPG.

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 Ahora ustedes tienen sobre sus hombros las esperanzas de muchos ciudadanos que vieron en sus candidaturas una posibilidad real de frescura y renovación. No defrauden esas esperanzas.

Obtener un lugar en nuestra flamante Asamblea Legislativa es un paso decisivo, pero es apenas el inicio de un camino que va a llevarles directamente a conocer las entrañas de un monstruo. No se asusten, sin embargo, de lo que van a encontrar. La pestilencia de la mal llamada política “real” seguro les revolverá el estómago, pero el secreto de la supervivencia en ese pantano no es la rebeldía idealista, ingenua, sino la resistencia inteligente. El riesgo de la contaminación solo es aparente si ustedes tienen claro cuáles son sus valores no negociables. Aférrense a ellos.

Quienes dañan el servicio público son los políticos que carecen de principios. A esta calaña es fácil reconocerla porque su discurso y sus lealtades cambian de tono y objetivos dependiendo de las circunstancias. Solo son fieles a sus pequeñas ambiciones, al pedacito de poder que desperdician miserablemente en torpes maniobras. La verdad es que nunca tuvieron cualidades o aptitudes para ofrecer a ese sistema del que han mamado todo lo que han podido. Huyan de estos tipos como de la peste, pero no los pierdan de vista; siempre estén dispuestos a mirarse en esos espejos rotos. Si van a tener que convivir con políticos infames o mediocres, que sea para jamás imitarles, para hacer justo lo contrario de lo que ellos hacen.

La política, ténganlo presente, no corrompe a nadie. A la política se lleva lo que se tiene entre pecho y espalda. Si abunda la corrupción en la función pública es porque a ese escenario han arribado demasiados corruptos o demasiados cobardes. Si ustedes quieren dotar a la política de valores, decídanse a encarnarlos con hidalguía y coherencia, sin rendirse ante las adversidades. A veces será imposible transformar el sistema, pero siempre será posible no dejarse transformar por él. Demuestren la falsedad del refrán que condena a aullar a quienes “andan entre lobos”.

Nuestra Asamblea Legislativa, créanme, es una escuela extraordinaria, porque en ella van a toparse con lo más granado de la miseria humana. Sin embargo, si saben sacar provecho de esa experiencia, el aprendizaje que obtendrán valdrá más que un doctorado en Harvard.

Tampoco hay que exagerar, por cierto. La política no es el único espacio que refleja nuestra vergonzosa descomposición social. Se trata, eso sí, de un escaparate que recibe mucha atención mediática, y es allí donde se ubica, para bien y para mal, su indiscutible influencia. ¿Pero qué tal si ustedes se atrevieran a hacer una diferencia tan clara, tan manifiesta, que su ejemplo brillara y contrastara con la mezquindad que hasta hoy ha campeado en nuestro Órgano Legislativo? ¿Y qué pasaría si sus acciones y palabras, bien documentadas por la prensa, sirvieran de estímulo a otros ciudadanos para que se involucraran en la vigilancia de los asuntos públicos y demandaran más líderes como ustedes, obligando a los partidos políticos a una permanente depuración?

Se vale soñar, diputados electos. “Los sueños”, decía Gandhi, “parecen al principio imposibles, luego improbables; pero cuando surge el compromiso con ellos, se vuelven inevitables”. La gran revolución ética de la política salvadoreña –¿por qué no? –podría estar en sus manos. Hagan fructificar su condición de recién llegados con ilusiones. No se dejen estropear. El país espera mucho de ustedes.

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  • elecciones 2015
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