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Monseñor Romero un hombre de su tiempo

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David Hernández / Escritor

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Independientemente de su compromiso de pastor cristiano, llevado hasta las últimas consecuencias, es indiscutible el rol de Óscar Arnulfo Romero como el de un hombre que supo estar acorde con las circunstancias históricas que el país urgía, con un compromiso social que lo llevó a un enfrentamiento a muerte con las mismas elites del poder que lo habían promovido con ahínco para ser el cuarto arzobispo metropolitano de San Salvador, cargo del que tomó posesión el 22 de febrero de 1977, apenas dos días después de un escandaloso fraude presidencial perpetrado por el régimen militar de turno.

Ahora que el Vaticano se apresta a declararlo Santo, después de declararlo Mártir de la Iglesia asesinado por "odio a la fe", habría que recordar los innumerables desencuentros que Monseñor Romero mantuvo también con sectores de las izquierda sobre todo después del golpe de Estado de octubre de 1979, cuando trató de buscar, infructuosamente, una alternativa para evitar el espantoso desenlace de una guerra civil que él había ya vislumbrado.

Monseñor Romero fue obligado por las circunstancias a tomar partido, como él mismo lo advirtió en su homilía del 17 de febrero de 1980: "lo que trato de hacer no es política. Y si por necesidad del momento estoy iluminando la política de mi país, es porque soy pastor, está comenzando desde el Evangelio, es una luz que debe iluminar las calles del país y hacer su contribución, como Iglesia; esa contribución que, precisamente, la Iglesia debe dar".

Se equivocaron garrafalmente quienes creyeron que eliminando a Monseñor Romero iban a silenciar el clamor de un pueblo que exigía justicia y democracia. El asesinato de Monseñor Romero encendería la mecha de una cruenta guerra civil que culminaría doce años después, con la firma de los Acuerdos de Paz de Chapultepec, que acabarían formalmente con la confrontación armada y que abrieron una nueva agenda política en nuestro país.

Al contrario de lo que a veces se propugna, al afirmar que Monseñor Romero fue sobornado por la teología de la liberación, incluso inducido por la misma a tomar la "opción preferencial por los pobres", él mismo dio la respuesta a un periodista que lo había increpado si estaba de acuerdo con dicha Teología: "Sí, por supuesto. Pero hay dos teologías de la liberación. Una es lo que ve la liberación solo como liberación material. La otra es la del Papa Pablo VI. Estoy con Pablo VI".

Como país debemos rendir tributo a la canonización de un pastor que supo recoger en su práctica religiosa los más hondos sentimientos de los padres fundadores del cristianismo, que son los de sentir y vivir con los pobres.

Ese es el legado de un Monseñor Romero que fue no solo pastor espiritual sino también ciudadano consecuente, actor social identificado con las luchas de su pueblo y mensajero de la buena nueva de paz, justicia social, equidad y democracia para su nación.

En este sentido habría que dar plenitud a la afirmación de monseñor Vincenzo Paglia, el Postulador de su Canonización ante el Vaticano, quien afirma que en Monseñor Romero el amor es más fuerte que la muerte.

En este sentido Monseñor Romero supo ser la plomada humana de su tiempo.

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