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Monstruo

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Crecemos poniéndole rostro a todo lo que sentimos, a lo que amamos, a lo que nos empacha el alma.

El de nuestra madre es el rostro del amor; el de nuestros hermanos, el de la alegría; la cara de la ternura es el de sobrinas y ahijados a los que hemos mimado; el de una hija, la esperanza;  la de aquella que conoce la profundidad de nuestra nostalgia es la cara de la verdad. Juntos, los ojos de esas personas bastan para resumir nuestra vida, son el botín de un corazón.

También le ponemos una cara y un nombre a nuestras pesadillas, a los horrores inconfesables que nos persiguen desde la infancia.

Suelen ser los de seres legendarios, monigotes del Demonio de los que supimos mientras una tía nos contaba por primera vez de cadejos, jinetes sin cabeza, criaturas no por entrañables menos terribles, tormentos que olfatean nuestra soledad y nuestra oscuridad.

Así desde pequeños vamos definiendo en claroscuro un carácter. Y cuando hay un buen papá, una buena mamá, la infancia es maravilla continua, un descubrimiento de la luz incluso entre los naturales nubarrones de la vida. Pero también hay horror en el mundo, el de que miles crezcan en un infierno sin recreos. Esos miles son las niñas y los niños que un maldito día conocieron a un monstruo de verdad.

Nada te prepara para un monstruo. No importa lo que te hayan dicho, las veces que te lo hayan repetido, las instrucciones que te hayan dado, lo rápido que te dijeron que corrieras, lo fuerte que te dijeron que debías gritar. Unos segundos en esa angustia, unos segundos en esa náusea, unos segundos expuesto a la miseria y al oprobio de un abusador serán suficientes para perseguirte el resto de la vida.

Eso al depredador le da igual. Si algo es uniforme a los pedófilos es su incapacidad de empatizar; son personas con un rasgo antisocial psicopático y por eso mismo una amenaza para la comunidad.

Son pues un monstruo y una niña. Y no debería haber nada más fácil que castigar al agresor y darle a ella y a su familia todo el soporte psicológico necesario. Esas cicatrices permanecerán ahí pero la sociedad debe comprometerse con que la víctima tenga una vida, la mejor posible.

¿Cómo entonces terminamos discutiendo si Eduardo Escalante sólo cometió una falta o si el haber tocado en sus genitales a una menor de edad, a plena luz del día, afuera de su casa en una zona que él no frecuenta es o no un delito? ¿Cómo es posible que los juzgadores establezcan lo público del tocamiento como una atenuante en favor del imputado? ¿En serio estamos aceptando la teoría de que para causar daños graves, el tocamiento impúdico debió haber tenido una “prolongación temporal que se estime suficiente”?

Más allá de lo obvio, que es el beneficio procesal para Escalante, la sentencia de la Cámara Primera de lo Penal de la Primera Sección del Centro es nefasta por dos motivos: primero, por la falta de sensibilidad de los juzgadores con la víctima; segundo, porque han sentado una temible jurisprudencia contra la niñez.

Los magistrados aseguran que la conducta del imputado "carece de la gravedad y trascendencia suficientes para lesionar la indemnidad sexual" de la víctima. Eso no debería constar en la sentencia porque ellos no pueden precisarlo; lo que opera en este orden no es una afirmación técnica sino estrictamente un prejuicio de los juzgadores, que desprecian la lesión al bien jurídico de la menor admitiendo asquerosas atenuantes. Sus razonamientos de tan forzados ridículos han hecho de la sentencia un manual de instrucciones para la infamia.   

Escalante será siempre el rostro del horror para esta pequeña, y el de sus juzgadores, el de la impunidad.

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