Morir por una salmonela sin tener pizca de suicida

Si alguien me miró la semana pasada con la mirada extraviada, con ojos patibularios, sudoroso y dejando mi dolor de estómago en cada pedazo de cemento que cruzaba, le diré que pasaba por la peor y más criminal diarrea contra la que he batallado en mi vida.
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Cuando se pasan tres días entre el vómito feroz y explosivo y la diarrea, entre ir y venir al baño, cada vez con menos fuerzas en las piernas, por la deshidratación, se anda con las sensibilidades contrariadas. Lo único que se quiere es arroparse en la cama y maldecir, mil veces, a quien te provocó el mal.

Al principio creí que el mal se evaporaría como el rocío. Pero aquello era más virulento. Me había tragado una comida intoxicada capaz de matar a un caballo. Me comí una torta de lengua con aguacate durante un almuerzo. Tengo grandes amigos propietarios de restaurantes que son conscientes de la habilidad sanitaria con la que deben manejar sus asuntos. Pero donde se compró la torta, no.

Me gusta la lengua, esa larguirucha vaina que se mira en los supermercados. Soy hijo de carnicero. Mi fallecido padre, hombre bueno a quien todavía extraño con toda la profundidad de mi alma, me enseñó a comerla. Él preparaba la lengua convencido de que era una pepita de oro.

Pero esta vez maldije, aunque no la lengua. Mis arrebatos los enderecé contra quienes, sin ningún cuidado higiénico, prepararon o manipularon esa torta de lengua.

En antropología hay una tradición: se dice que la magnitud del sufrimiento físico del investigador es una medida del valor de sus datos. La diferencia es que yo no investigaba la lengua. El único dato que junté fueron los resultados de un “cultivo” en el laboratorio, ordenado por un médico, que prueba que la causa de mi mal era una grave intoxicación con la devaluada lengua. El estado de la carne era tal, que a la media hora me produjo los primeros vómitos.

Amo El Salvador. Por eso, adopté la nacionalidad bajo mi entera y libre decisión. Pero esos días sí extrañé mi país de origen.

Si eso me hubiera pasado en Costa Rica, con la mera presentación de una denuncia por mi caso y tras un rápido examen médico inicial, o la referencia de otro galeno, el Ministerio de Salud hubiese enviado un grupo de inspectores al restaurante. El establecimiento lo cierran, preventivamente. Lo rodean de cintas amarillas. Revisan absolutamente todo. Alimentos, refrigeración, manipulación de productos, en fin, hasta la caja fuerte. Si encuentran la causa de la contaminación, o deficiencias en todo el círculo de higiene con el que se deben manejar los alimentos, cierran el restaurante con abierto aviso al público .

Luego le imponen una altísima multa y obligan, al dueño, a corregir hasta el microondas si es necesario.

No es majadería ni rencor. Pero estoy seguro de que si le pregunta a un vecino, o a un amigo, si se ha intoxicado en restaurantes locales, le dirán que sí. Yo he visto hasta turistas entrar en situaciones embarazosamente emocionales. Este asunto impacta todo: desde el turismo hasta las barriadas populares.

Se lo decía a un amigo: los dueños deben enseñar a sus empleados sobre manejo de alimentos. La institucionalidad debe crecer. El Ministerio de Salud debe buscar lo que sea (leyes, hombres y presupuesto) para hacer sorpresivas fiscalizaciones a todos los restaurantes, tomar medidas y anunciar sus resultados. Igual debe abrir oficinas de quejas y actuar de oficio ante la mera denuncia. No nos hagamos los majes: aquí hasta muertos han existido porque se tragaron una salmonela. Lo peor: que esa gente pagó por algo y acabó muerta sin que fueran suicidas.

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  • Lafitte Fernández
  • La Palestra

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