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Mr. Trump y nuestro querido El Salvador

La victoria del presidente electo de Estados Unidos continúa siendo un misterio, eruditos y analistas (the talking heads) no se ponen de acuerdo, se escucha toda clase de teorías, desde lo tradicional hasta las más extrañas y estrafalarias conspiraciones tales como “los alienígenas interfirieron”.
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Una buena parte del debate se centra en las encuestas. ¿Por qué fallaron? Primero, porque las encuestas no son herramientas de predicción sino una “fotografía” de ciertas condiciones en un momento dado; y segundo, vale decir, que el modelo estadístico no falló, falló el diseño de la muestra, diseñada para confirmar un ideario previo, el del elitista erudito que pretende un acertado análisis desde las atalayas de marfil, sin taladrar (drill down) a los niveles de sentimiento de la población (micro socio economics). Ese elitista ideario enfocado en las segmentaciones tradicionales del votante norteamericano: el voto latino, el afroamericano, la mujer, blancos, el nivel de educación, urbano, rural, los milenios, la generación “X, Y o Z”, la generación perdida, la grandiosa, la silenciosa, los post baby boomers, toda posible segmentación que la imaginación pueda soportar sin importar su relevancia, pero que se oiga bien, que se oiga inteligente (smart), que impresione a los que escuchan.

Pues bien, no importa cómo segmentemos a la población de los votantes, esta tiene un común denominador, la preocupación del pan de cada día, esta, señores eruditos, es el motor de la actividad diaria del votante, de la clase trabajadora, del contribuyente... el pan de cada día. Esa preocupación del hoy y el miedo del mañana, ese incierto futuro, esa falta de seguridad... y mañana ¿tendré para mi familia? Vivienda, comida, ropa (to say the least) aun y cuando hoy los tengo.

No hay manera de comprender el sentimiento de la clase trabajadora desde las torres de marfil (the ivory towers), la única manera es tocar la realidad, el haberla vivido, pasearse por Main St. y hablar detenidamente con la gente, conocer las pequeñas poblaciones rurales, haber repasado las fábricas, ver el triste testimonio de pueblos y ciudades de otrora grandeza industrial, desde mi querida Nueva Inglaterra hasta el llamado “rust belt” en el medio del país, repito, el miedo de volver a perder lo que hoy se tiene. ¿Quién me garantiza mi presente para mi futuro y el de los míos? ¿Los republicanos? El partido de los ricos, de Wall Street, el partido que reduce los impuestos para los que más tienen. ¿Los demócratas? El partido de la élite intelectual, los que residen detrás de los grandes muros de hiedra (Ivy), en las torres de los tanques de pensamiento ¿y nosotros, la clase trabajadora? ¿Cómo nos van a comprender si nunca le han dado vuelta a una tuerca, cuidado un niño o freído un huevo? Vienen unos y no avanzo, llegan otros y tampoco, voy de ciclo en ciclo, apretando los dientes y esperando la esperanza, ¿Mr. Trump? Como bien dijo él ¿y qué tienen que perder? ¡Démosle!

En nuestro querido El Salvador estamos en riesgo, vamos por el mismo camino, esperando la esperanza, la llegada del Mesías, el que nos llevará a la tierra ya tan prometida. Seamos francos, nuestra clase política está totalmente desprestigiada, carece de credibilidad, da pena ajena cada vez que dan declaraciones, que anuncian iniciativas o decisiones, ya no digamos verlos cantar sus himnos y cancioncitas de otras épocas en completo despilfarro de su capital simbólico. Imposible confiarles nuestro futuro y el de los nuestros, así que a esperar la llegada del Trump salvadoreño para hacerle su propia bajada el Día de los Inocentes. ¡Señor del Huerto, ampáranos!

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  • donald trump
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