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“Muchas gracias”, “por favor”: expresiones que van desapareciendo del vocabulario humano

La cortesía es “el lazo lleno de respeto, distinción y afecto, que une las personas diferentes y las coloca en una relación, como si fuera una música, en que las notas conviven armoniosamente”.
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Muy amable, muchas gracias, estoy agradecido, me haría el favor, son frases que cada vez menos se escuchan a nuestro alrededor. Se está perdiendo el sentido de la cortesía, del agradecimiento en las relaciones humanas. Es lamentable decirlo, pero cuando uno hace un acto de caballerosidad –digamos de urbanidad– dejando paso a otro en el tránsito, por consideración le concede la prioridad, pocos agradecen con un toque de bocina, un gesto de brazo, un prender de luces. Ante esa actitud, unos quedan sorprendidos, otros pensarán: “De qué sirve haberle dado paso a este individuo si ni tuvo la educación de agradecer”.

Mismo ocurriendo esto, importa ser bien dispuesto, perseverar, ir “educando vialmente sobre la cortesía”. El inicio de nuestro trajinar diario rumbo a nuestros trabajos, colegios, universidades, etc., es uno de los primeros entrechoques, si bien que no el único. Es penoso ver que, concretamente, va desapareciendo del vocabulario humano la expresión, “muchas gracias”. Pero no es solo esta, sino también el “por favor” de otros tiempos. Hoy en día quedaría extraño que un jovencito o jovencita le dijera a un compañero si le haría el favor de hacerle tal cosa o de ayudar en otra. No me extenderé en comentar lo que es el trato entre los jóvenes en los colegios; podrá cada padre, cada madre, preguntar a sus hijos y quedarán espantados. ¿Cómo se saludan?, ¿cómo se piden cosas entre sí?, ¿cómo juegan?, ¿se apoyan en los estudios mutuamente? Averigüen y verán.

Esto es consecuencia de un fenómeno más profundo –que bien podremos llamar de “revolución cultural”– que nos va arrastrando hacia la barbarie en el convivio entre los seres humanos. Uno de los grafitis escritos durante la llamada Revolución de la Sorbonne de 1968 en París era: “Cambiar la vida, transformar la sociedad”. Con una radicalidad insospechada, este fenómeno fue penetrando a los extremos que hoy estamos viendo y viviendo, lo que algunos califican de “civilización de los instintos”. Cambios en las maneras de sentir, actuar y pensar. Decía el escritor francés Pierre Fougeyrollas (1922-2008), “una revolución de la civilización”. El activista revolucionario ateo italiano Gramsci (1891-1937) la proponía para “cambiar la forma de pensar de Occidente. Su forma de vivir, de relacionarse, hasta de divertirse”.

Todo fue repercutiendo en las actitudes del convivio humano, preparando el camino para lo que se podría considerar como de liberación de los apetitos innatos, de los instintos. Penetrando principalmente en la institución de la familia, ha tocado en las relaciones humanas. La cortesía, el buen trato, la distinción, ¡la educación!, todo va agonizando. Se va transformando el convivir de los hombres en un mundo anárquico, caótico y agresivo. Lo vulgar toma el lugar de lo ceremonioso, la educación es una cosa del pasado que quita la libertad. Por eso, San Juan Pablo II decía sobre las modernas tecnologías: “No favorecen del mismo modo el frágil intercambio entre mente y mente, entre corazón y corazón, que hoy en día debe caracterizar toda comunicación al servicio de la solidaridad y del amor” (24-1-2005). Son las consecuencias de un mundo que camina cada vez más hacia el salvajismo, en que la cortesía se evapora de las relaciones entre los hombres, con las consecuencias que estamos viviendo: violencia intrafamiliar, social y política.

La comunicación mutua, el estar juntos, el quererse bien, en concreto el respeto y el afecto recíproco, todo aquello que acorta las distancias entre persona y persona, que hace que vivan en armonía, primordialmente familiar –pues todo bien y todo mal nace en ese ámbito–, da lugar a un bienestar todo especial. En lo que otrora se llamó de civilización cristiana, de la cual aún estamos sintiendo apenas el calor de unas brasas que se están apagando, la vida de sociedad estaba caracterizada por una relación de persona a persona; todos considerándose unos a otros, respetando lo que les era afín, y más aún las diferencias. Pues eso es... civilización. Lo contrario es una vida pagana, llena de agresividades, sin ninguna caridad fraterna.

Plinio Corrêa de Oliveira calificaba a la cortesía, en una conferencia a jóvenes por el año 1974, como “la musicalidad de la convivencia humana”. Comentaba que la perfecta relación entre los hombres pasa por encima de este como que “abismo” que hay entre sí. Se sobrepasan los entrechoques con el amor fraterno. Con su especial sabiduría la definía como “el lazo lleno de respeto, distinción y afecto que une las personas diferentes y las coloca en una relación, como si fuera una música, en que las notas conviven armoniosamente”. Pues no se trata de que las personalidades diferentes entre los hombres, principal característica de la desigualdad entre ellos, dejen de crecer y brillar con su propia luminosidad. “La cortesía nace de la armonía de cosas diferentes”, terminaba diciendo el profesor Plinio. El igualitarismo de hoy arrasa con la cortesía. En tiempos idos, las personas mayores, las señoras, ni qué hablar de las embarazadas o quienes tenían alguna dificultad física, recibían cortésmente el asiento en un bus, tren u metro. Hoy, es preciso que exista un asiento para este tipo de situaciones, pues... nadie más, o muy pocos, lo ceden y, si lo hacen, serán vistos con extrañeza.

El ser cortés se va extinguiendo. Este, me permito decir, es uno de los factores más profundos –como lo es también, la falta de perdón (ver artículo en LPG 14 de enero de 2018)– de la crisis de la relación humana que estamos viviendo. Crisis que da en... lo que leemos todos los días en los diarios: muertes incomprensibles, asaltos, secuestros, masacres en colegios (especialmente en los EUA), llegando a los extremos de las guerras internas y entre países. Cuánto cambiaría nuestra sociedad salvadoreña si vamos practicando la cortesía en la íntima vida familiar, principalmente entre los esposos, después con los hijos, y así, como por círculos concéntricos, ir perfumando con el bello aroma de la caridad fraterna, los ambientes que nos rodean.

Pensemos en la relación virginal y castísimo en la Sagrada Familia. San José y María Santísima, en presencia del Dios hecho hombre, el niño Dios: mutua entrega, la más perfecta armonía, rechazando cualquier forma de egoísmo, marcados por la santidad.

-- ¡Comencemos por ahí, queridos hermanos! Les aseguro que... El Salvador llegará a ser otro.

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