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Mucho de lo que se vive en los días presentes es efecto de la dificultosa adaptación a las nuevas realidades de un mundo que se globaliza (y 2)

El conflicto de fondo no es entre “buenos” y “malos”, aunque la maldad tenga hoy variedades que se multiplican a diario. El conflicto es entre intolerancias acérrimas y también entre posiciones infranqueables.
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Mucho de lo que se vive en los días presentes es efecto de la dificultosa adaptación a las nuevas realidades de un mundo que se globaliza (y 2)

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Mucho de lo que se vive en los días presentes es efecto de la dificultosa adaptación a las nuevas realidades de un mundo que se globaliza (y 2)

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Lo primero que habría que tener en cuenta a la hora de entrar a considerar las características y las dimensiones del fenómeno prevaleciente en nuestros días es el hecho de que hay una difuminación progresiva de los antiguos límites, con lo cual estamos en presencia de un mapamundi que se vuelve cada vez más compartible. Esto genera sensaciones de todo tipo, que van desde el miedo hasta la incontinencia, haciendo que todos tengamos en definitiva que autorreconocernos conforme a las nuevas condiciones imperantes, en un ejercicio que despierta resistencias de la más diversa índole, como estamos viendo a diario y por doquier, tanto en los países más desarrollados como en las zonas donde la vida es más precaria.

Habría que preguntarse, para ir poniendo las cosas en claro: ¿A quiénes les cuesta más irse adaptando a la lógica de un mundo globalizado: a las sociedades más poderosas o a las que tradicionalmente han vivido diversas experiencias de marginación? Y la respuesta no requiere mucho análisis: les cuesta más a las sociedades que vienen de ejercer predominio en las épocas anteriores. Y ello se explica sin mayor dificultad: es porque en esas sociedades de tendencia hegemonizante la sensación del poder que estaba por encima de todo se había vuelto natural, y por consiguiente la realidad en todas sus expresiones parecía ser un objeto manejable conforme a los intereses del que estaba en control.

Ahora mismo, los antiguos poderes se hallan en fase de rebeldía frente a lo que los nuevos criterios globalizadores les van imponiendo. Y, además, los errores garrafales de la autosuficiencia anterior les están pasando factura. Ahí tenemos, para el caso, la situación del Medio Oriente y sus entornos, que es una muestra lacerante de lo que ocurre cuando se quiere hacer que todos asuman las formas de vida que imperan y funcionan en las sociedades presuntamente más avanzadas. Entonces el fanatismo violento se propaga y se activan reacciones salvajes como es el terrorismo. Y todo ello detona las oleadas migratorias con caracteres de tsunami. Si el acontecer globalizador se administrara con sensatez y comprensión las cosas no estarían como están.

El conflicto de fondo no es entre “buenos” y “malos”, aunque la maldad tenga hoy variedades que se multiplican a diario. El conflicto es entre intolerancias acérrimas y también entre posiciones infranqueables. No es casual, entonces, que los impulsos autodefensivos estén tomando tintes belicosos en las más variadas expresiones. Y esto abarca los esquemas políticos y de relación internacional, como se puede constatar con el atolondrado Brexit y con los trastornos partidarios que están padeciendo países democráticamente estables como España y Francia. Nada de esto hubiera sido anticipable hasta hace muy poco, y con ello se demuestra una vez más que si hay algo ajeno al vaticinio es la vida que va volviéndose historia.

Uno puede preguntarse válidamente al respecto: ¿Hasta qué punto hay que aprender de la experiencia cuando todo demuestra que la experiencia es tan poco dada a aprender de sí misma? De seguro es más importante estar dispuestos a oír a la razón, que con tanta frecuencia dejamos de lado porque sus consejos y sus advertencias casi nunca coinciden con nuestros apetitos y nuestras obsesiones. Pero hoy, cuando van quedando cada vez menos recursos disponibles para trascender esta etapa de conflictividades extremas y de peligros asfixiantes, habrá que acudir al ejercicio racional como medida de emergencia superior. Si es así, de la mano de la globalización estaríamos acercándonos a una verdadera edad mundial de la razón.

¿Es esto un producto de la angustia que anhela sublimarse o una invitación a soñar con futuros que tengan coloraciones líricas? Podría ser. Pero es mejor sumergirse en la ilusión positiva que seguir braceando contra las corrientes del absurdo. En estos momentos, lo que sigue dominando es la retórica desquiciada, aun entre los más pudientes líderes mundiales. ¿Qué estarán pensando al respecto auténticos líderes de otro tiempo como Churchill, Adenauer, Roosevelt o De Gaulle, para sólo citar algunos? ¿Qué habrían dicho y hecho ellos en un mundo globalizante como el actual? Por algo estamos como estamos, y hay que asumir esto como un desafío que enfatiza lecciones y busca desactivar candados.

Lo que nos queda es confiar y trabajar por la confianza. Siempre hay horizonte. Y sobre esta verdad tan simple y a la vez tan compleja tenemos que empinarnos hacia el futuro, que, como el pasado, nos acompaña alrededor de la mesa global.
 

Tags:

  • conflicto
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