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Muere lo viejo sin que pueda –todavía– nacer lo nuevo...

Para levantar y gobernar el país partiendo de condiciones tan precarias, transformándolo para crearle futuro, es imperativo un gran proyecto modernizador sostenido de mediano y largo plazo con sólido respaldo nacional e internacional.
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Pocas veces había sentido como hoy el fin de una etapa histórica sin que se vislumbre el nacimiento de una nueva, en el mundo, en Centroamérica y en nuestro país. La crisis decía Gramsci “...consiste en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo”. Si bien el orden del pasado pareciera haber entrado en dificultades crecientes en todas partes, el nuevo orden confronta problemas y limitaciones crecientes para nacer.

El hegemónico “orden keynesiano” en el capitalismo en su “edad dorada” (1948-1973) fue reemplazado progresivamente por “el nuevo orden liberal”. La llegada a la presidencia de Thatcher en Gran Bretaña y Reagan en Estados Unidos cambió la política económica en todo el sistema económico mundial, avanzando teórica, económica e institucionalmente la liberalización y globalización mundial dentro de grandes bloques económico-comerciales (1981-2016).

Surgió así el nuevo orden que prevaleció en la economía mundial en las últimas tres décadas y media que aprovecharon los tigres asiáticos, China, India, Brasil y México, sacando de la pobreza a cientos de millones de personas. En Latinoamérica, la liberalización económica fue acompañada de democratizaciones políticas. Las contradicciones y exclusiones de las políticas neoliberales y de la inserción de sus economías en la nueva economía internacional y el surgimiento de democracias de baja intensidad llevaron al surgimiento de los populismos autoritarios de izquierda liderados por marxistas-leninistas caribeños que –por primera vez en la historia– hegemonizaron la política y la diplomacia latinoamericana por década y media.

Como en el Dominó se desmoronó “el orden” del chavismo y del eje del ALBA en Latinoamérica, en medio de grandes dificultades económicas y de los mayores escándalos de corrupción de la historia, sin vislumbrarse todavía el surgimiento de democracias vigorosas y proyectos de transformación económico-social consistentes.

Los cambios sociales y de la política exterior introducidos por el primer presidente negro en Estados Unidos han sido interrumpidos y posiblemente serán revertidos con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Con un ambicioso proyecto de recomposición nacional e internacional, con un Congreso dominado por los Republicanos, Trump se propone reestructurar la globalización y renegociar el comercio en beneficio de Estados Unidos y de sus grandes empresas, y revertir muchos de los programas sociales amenazando diversos derechos conquistados. El intento de impulsar un “nuevo orden” desata ya la oposición de diversas naciones y de una amplia oposición cívica y política interna, y confrontará problemas y contradicciones crecientes, nacional e internacionalmente.

Una de sus primeras víctimas podría ser el proceso de normalización de las relaciones diplomáticas con Cuba, con todo y profundización de las relaciones económicas y comerciales, y el fin del bloqueo. Exigencias de concesiones en democratización política que conlleven a un cambio de régimen abortarían el histórico proceso iniciado entre los presidentes Obama y Castro.

En Guatemala, la liberalización iniciada con las protestas multitudinarias contra la corrupción, el crimen organizado y la impunidad generalizada, y con el triunfo del “menos peor” de los candidatos, pierde fuerza frente a los poderes reales que controlan al nuevo presidente y a los poderes del Estado. En Honduras, la economía mejora mientras avanza la lucha contra el narcotráfico con un presidente que impulsa cambios en la más tradicional continuidad, allanando el camino a su reelección frente a una oposición atomizada y desarticulada. Mientras en Nicaragua después del NICA ACT, de la llegada de Trump y del control del Congreso por los Republicanos se le agotó a Ortega la década del trade-off con Washington: control del narcotráfico y de la seguridad a cambio de pasividad sobre violaciones a la democracia y a elecciones transparentes y competitivas. Si atendiera las recomendaciones de la OEA de reformas al sistema político-electoral, aseguraría la prolongación de su hegemonía, ahora amenazada con Trump y los Republicanos.

En El Salvador, el primer gobierno verdaderamente del FMLN quedó agotado y exhausto en su primera mitad, sin margen de maniobra de profundizar cambio alguno en su segunda mitad. La enorme y compleja batalla contra la epidemia social y la criminalidad que el país lidera en el mundo, la crisis fiscal que determina, limita y amarra toda la actividad del Estado, y su falta de deslinde de los casos de corrupción de algunos de sus socios y aliados nacionales e internacionales han desgastado y debilitado profundamente al gobierno del partido y al partido del gobierno.

En ARENA arrecia la oposición al nuevo presidente y al nuevo COENA sin que se vislumbre –todavía– su reunificación para el impulso de un amplio proyecto alternativo que responsa a las exigencias de los nuevos tiempos y ganar las próximas elecciones municipales y legislativas de 2018 y presidenciales de 2019.

Para levantar y gobernar el país partiendo de condiciones tan precarias, transformándolo para crearle futuro, es imperativo un gran proyecto modernizador sostenido de mediano y largo plazo con sólido respaldo nacional e internacional.

Por todo lo anterior afirmamos que en el mundo y Centroamérica muere lo viejo sin que pueda –todavía– nacer lo nuevo...

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