Muerte de las asesinas

Contemplo ese día en el cual la luz del sol salvadoreño verá su propio reflejo brillante en miles de armas durmiendo en el suelo.
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 Las veo clavadas en ese largo sueño que no conoce camino atrás, en ese mismo sueño que resulta de un disparo. Pienso en el periodista orgulloso de su patria anunciando mediante un título irónico: “Muerte de las asesinas”.

Somos dependientes de las armas. Dormimos, paseamos, jugamos, comemos con ellas, a menos que un lugar pida dejarlas en la entrada, como se pediría que no entren los animales, o que se dejen los paraguas. No llueve sangre en un restaurante, y no debería tampoco llover balas afuera, a menos que estemos en una guerra salvaje. Sabemos además que a ningún animal cualquiera se le ocurriría construir un objeto capaz de destruir al creador mismo. Sería una locura. Sin embargo se le ocurrió a un ser, a ese, según dicen, que goza de la razón. ¿Nos habremos olvidado que somos seres humanos? No seamos unas bestias sofisticadas, dotadas de una funesta técnica que crea instrumentos para matar. No usemos esas asesinas de humanos y de humanidad. Salvemos el pensamiento y la palabra. Las pistolas no protegen sino que empeoran la situación. Es un círculo infernal e interminable cuyo lema es la violencia por la violencia.

Si el miedo y el temor son una fiel compañía, si los homicidios son un problema que queda por resolver, también son una fuerza política y sobre todo económica, una cierta ganga por así decirlo que nos quieren demasiadas veces esconder. Nuestra seguridad es un centro de interés fundamental en nuestras existencias que el hombre político usa sutilmente, estimulando esa importancia para desviarnos de la esfera política. Que cada uno compre armas, que emplee guardias, que se dote de alambradas y de cámaras de vigilancia, es justamente lo que se requiere. Es precisamente lo que está previsto. Se desplaza así el problema, convirtiéndolo en una ventaja económica. El revólver es un objeto de consumo y la seguridad un negocio. Estos paliativos vestidos de solución son el umbral de un círculo vicioso para muchos y virtuoso para algunos. El provecho nuevamente lo sacan el puñado de hombres que gozan de un poder sin duda peligroso. ¿Estarán, esos individuos con dicha autoridad, realmente dispuestos a cambiar una situación que les pertenece mejorar y que en realidad, en honduras, les favorece?

Por consiguiente y por desgracia para nosotros, cada uno se encierra en su burbuja privada con armas, guardias y alarmas. La pistola se disfraza entonces en toda clase de objeto: de consumo, social, familiar, esencial. Un niño creciendo en tal entorno rebozado además por ciertos videojuegos, películas o hasta escenas reales, también quiere su pistola. ¡La niñez, metáfora de la vida, flor de esperanza, desea al retoño de la muerte, su instrumento sangriento preferido! ¿Será esa la cuna que queremos para las nuevas generaciones, en las cuales también me identifico, dedicadas a construir y protagonizar el futuro? ¿Cuál es nuestro destino, el de nosotros, jóvenes? No sabemos qué lugar ocuparemos dentro de una sociedad cuya reina es la destrucción. Cada vida se encuentra finalmente entre las manos temblorosas de los otros.

Estar en contra de la tenencia de armas implica levantar el problema de la violencia en nuestro país mediante el vínculo fuerte de una relación de causa a efecto en donde resulta ahora difícil distinguir cuál es realmente la causa y cuál es verdaderamente el efecto.

Tiremos las armas al suelo. Y alcemos, al fin, una bandera blanca. O mejor aún, izemos la bandera de El Salvador.

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