Muerte de un buen político

Nos ha consternado la desaparición y muerte del alcalde de San Dionisio, Julio Torres, quien fuera encontrado en el caserío La Churla del mismo municipio con un balazo en la cabeza.
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Tuve la oportunidad de conocer y apreciar la sencillez carismática de don Julio, querido por su pueblo por su alto sentido del servicio a los demás, que le ganó el derecho a ser percibido confiable. Lastimosamente, según datos del Instituto de Opinión Publica de la UCA, la sociedad salvadoreña no logra descubrir que haya más buenos funcionarios públicos como don Julio, según se lee en las conclusiones de una encuesta académica de 2015: solo el “5.1 % de la población tiene “mucha confianza” en los partidos y que un 9.1 % tiene “alguna confianza”. El resto, lamentablemente, el 54.2 % tiene “ninguna” confianza y el 31.6 % tiene “poca” confianza: un 87.9 % desconfía”.

Podemos fácilmente tener conmiseración del dolor de la familia de don Julio, de sus compañeros del consejo municipal y de sus hermanos del partido ARENA, pues no están solos, ya que se suma al de cientos de víctimas que mueren por el solo hecho de salir a trabajar honradamente de un lugar ocupado por la pandilla contraria a la otra. Tal fue el caso del cuádruple asesinato de jóvenes que se dedicaban a las tareas agrícolas en el cantón La Chapina del municipio de Nahulingo, departamento de Sonsonate. Las edades de ellos oscilaban entre los 20 y 25 años. Se nos destroza el corazón al conocer los detalles de sus vidas: uno de ellos se casaría por la iglesia el día que lo asesinaron; que el otro acababa de ser padre; el siguiente fallecido era el único hijo de un matrimonio generoso que cultivaba una huerta en la que se les permitía a los pandilleros tomar lo que quisieran…

Frente a este panorama se puede sentir una de dos tentaciones: la ira que genera querer volver a la actitud del “ojo por ojo”, con ejecuciones clandestinas que no llevan a solventar nada. O también se puede estar repleto de miedo, pero este jamás ha permitido tomar buenas decisiones ya que lleva a construir muros para defender la familia, formando guetos que nos aíslan o a creer que esto solo lo puede arreglar un líder o caudillo autoritario que ponga orden; el miedo hace que nos observemos de reojo, pensando a quién le tocará la próxima vez.

La violencia socava nuestra confianza y deseos de progresar. Escribe un académico europeo sobre atentados en Bruselas y París: “El miedo fue una poderosa arma de los totalitarismos comunista y fascista, que estos asesinos blanden de nuevo, pues a cualquiera le acongoja ver al ejército en las calles, el estado de emergencia, la sangre y la muerte… Del miedo no saldremos porque seamos hipnotizados por bellas palabras o por gestos de consuelo. Bienvenidos sean, porque son necesarios, pero no bastan…” Santiago Martínez Sánchez, Profesor del departamento de Historia (AUNOM).

Creo que la parálisis ciudadana a actuar podrá vencerse si plantamos cara a las muy complejas raíces de la violencia, como cumplir con la ley, evitar la corrupción y prevenir la delincuencia juvenil apoyando a las familias y a los padres y madres.

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