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Muertos en cumplimiento del deber

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La madrugada del 4 de noviembre falleció el Dr. Miguel Tomás Padilla Bonilla mientras trasladaban a una paciente a un centro hospitalario para que diera a luz.

La muerte sorprendió a Miguelito y su reconocida entrega a los pacientes le permitió morir haciendo lo que tanto amaba: ayudar a la humanidad. Su carácter afable, humanitario y de sacrificada disposición al servicio de los demás le granjeó el cariño de maestros, colegas, compañeros de trabajo –algunos que fallecieron con él– y de cuantos le conocieron y sintieron su calidad de amigo en las buenas y en las malas. Su sonrisa franca y su ánimo dispuesto a servir le destacaron siempre.

Como decía el Maestro de muchas generaciones de médicos, el ilustre Dr. Luis Edmundo Vásquez, de muy grato recuerdo entre el gremio médico, “mi deseo es morir al pie de la cama de un paciente en el Hospital Rosales”. Esa frase que parece poética es una realidad incuestionable en quienes ejercemos la medicina como un apostolado, como una entrega de servicio a la humanidad sufriente. Ese impulso que solo nace del verdadero sentido de la vocación médica hace que desde la época de estudiante se pueda superar y soportar las condiciones y exigencias extremas, además del muy frecuente maltrato de los superiores en los hospitales escuela, la angustia de ver partir vidas por insumos insuficientes, inadecuados o inexistentes a pesar de los esfuerzos heroicos para salvarles.

Cuando un servidor público de los cuerpos de seguridad o militar fallece en el cumplimiento de su deber, se le reconoce como un mérito cívico y se le nombra “Héroe o Heroína Nacional”. A la familia se le hacen reconocimientos públicos y se promueve su memoria con placas alusivas o similares reconocimientos.

Estoy seguro que Miguelito y sus compañeros fallecidos en el cumplimiento de su deber son héroes que ante la faz de la nación merecen el reconocimiento de la institución a la que servían. Pero aun con su muerte ellos continúan sirviendo pues permiten una vez más hacer un llamado a la conciencia de los dueños de rastras, furgones y vehículos de transporte pesado para que agreguen señales luminosas –no solo reflectantes– a los costados de sus unidades para que aun cuando deban hacer virajes puedan visualizarse adecuadamente desde distancias que eviten tragedias como esta. Desconozco cuál sería la forma para educar a los conductores de esos transportes y de los de pasajeros, cómo hacerles entender que deben tener respeto por el resto de la humanidad y ser prudentes para no tener que huir y convertirse en un paria social más, aunque de su conciencia y de Dios no pueden esconderse.

El Salvador pierde a un hijo útil, a un servidor público entregado de corazón a cumplir con su deber y en cuyo empeño ofrendó su vida. Mártires del servicio médico son Miguelito y sus compañeros de trabajo que emprendieron juntos el último viaje. Que Dios les reciba en su Santo Seno.

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