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Murió el tirano

Murió el tirano, no hay otra manera de llamarlo. Después de tantos años en el poder es imposible no mirar atrás cuando apenas comenzaba todo.
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 Tenía una idea muy clara de qué quería hacer y cómo lograrlo. Si el tirano estaba motivado por gloria personal o por buenas intenciones, solo él lo sabía. Tomó al toro por los cuernos y llegó, como muchos otros, por vía de armas al poder.

Fue criticado y cuestionado por muchos en un principio. En sus primeros días, cuando el tirano comenzó a implementar sus políticas y programas de gobierno no faltaron quienes estaban en desacuerdo. Era natural que surgieran personas que se atrevieran a manifestar su descontento y su oposición públicamente. Poco a poco el tirano se fue dando cuenta de que estas incomodidades iban creciendo. Tenía que hacer algo para controlarlo.

¿Y qué se puede hacer con una amenaza así? Si estas voces contrarias poco a poco se van multiplicando pueden poner en peligro el poder que tanto le costó al tirano conseguir. No es nada saludable tener a una prensa independiente, mucho menos tener elecciones libres o rivales políticos que puedan encontrar en la población tierra fértil para fortalecerse.

El tirano pensó que lo mejor era arrancar el problema de raíz, y sabía que no podía acudir a medidas extremas sin apoyo internacional. Necesitaba a algún “superpoder”, un “hermano mayor” o “padrino” que lo justificara o incluso lo protegiera ante la comunidad internacional. Convenientemente el tirano ya contaba con su apoyo, y se sentía en total libertad de hacer lo que quisiera con quienes le estaban generando problemas domésticos.

Mientras el tirano acumulaba poder y riqueza comenzaron las desapariciones, torturas, asesinatos de quienes se atrevían a ir en contra del régimen. El tirano necesitaba callar bocas, no podía perder el tiempo dialogando o negociando con otros poderes políticos. El régimen era lo primero y había que mantener un orden en la población. Las ideas y caprichos del tirano tenían que ser impuestas sí o sí, aunque esto fuera a costa de las libertades de los individuos de su país.

Pero bien dicen que no hay mal que dure cien años. Después de mucho tiempo el tirano murió. Ahora muchos discuten y debaten sobre los beneficios que su dictadura pudo generar. Se habla de indicadores económicos y educativos. Otros hasta lo tienen como un clarísimo ejemplo de programas y políticas públicas que deben ser implementados en una sociedad que busca la prosperidad.

Así fue el mandato de Augusto Pinochet, el tirano. Nadie anda pidiendo minutos de silencio en congresos ni veneraciones por un asesino. Nadie piensa que los beneficios que pudieron haber generado algunas de sus políticas justifiquen todo el sufrimiento y represión que vivió el pueblo chileno por tantos años.

La semana pasada murió otro tirano, Fidel Castro. Por ese sí andan pidiendo minutos de silencio. Bien haría la izquierda en tener un poco más de memoria histórica y un poco menos de hipocresía. Una dictadura es una dictadura, y no son propias de izquierdas ni de derechas. Es que los guiones en América Latina son muy parecidos: la misma trama con personajes distintos. Ojalá podamos ver todos más allá del fanatismo y de la imagen falsa y enaltecida que algunos quieren crear de un opresor asesino. En Cuba brilla un poco más el sol.

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