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Naufragio

Bukele ha perdido el control de la situación, como arena entre las manos. Lo ha repetido estos últimos días manifestando frustración.

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Florent Zemmouche

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Hace unas semanas, se podía husmearlo al horizonte. Ahora es una realidad delante de nuestras narices: Bukele ha perdido el control de la situación, como arena entre las manos. Lo ha repetido estos últimos días manifestando frustración: lo tenía todo controlado al principio, y es verdad. Puede estar frustrado. Y nosotros también.

Lo hemos dicho y lo repetiremos, las primeras medidas que tomó Bukele eran buenas, pero solo eran las primeras, insuficientes. Es como el niño que intenta inflar un globo por primera vez, se satisface de los primeros soplos y luego se enoja que todo se desinfla de un solo sin entender que debe ejercer un esfuerzo continuo y riguroso. En marzo, Bukele sopló una vez y ahora el globo vuela por doquier desinflándose en todo el país. Es frustrante porque tenía los primeros elementos: el globo, el soplo y una técnica.

El control inicial de la situación era en realidad doble. Era un control de la crisis sanitaria en sí misma, mediante medidas concretas y justas, lo que nos interesa a nosotros. Pero también era control de la representación de aquel primer control, su imagen, su comunicación, los datos, lo que se dice sobre su gestión: lo que le interesa al presidente. Luego, poco a poco, como sucede a menudo con este gobierno, llegó a quedar entre sus manos la única representación, la cáscara, la fachada, sin nada dentro. Como un hospital que brilla y resplandece por fuera sin ser eficiente por dentro. Solo resulta una ilusión de control, con fotos, videos, tuits e interminables discursos.

Tres razones pueden mostrar la autodestrucción. La primera es la más obvia: por querer manejar todo solo, sin expertos, Bukele terminó arrollado por una primera ola. Él es la única fuente de datos sobre pruebas y contagios, datos cuestionables y cuestionados. Abrió finalmente la cuarentena en el peor momento sin proponer ningún plan de apertura con reglas sanitarias claras y un plan de reactivación económica. Su gobierno sigue pidiendo quince días más. ¿Por qué será?

Quizás para seguir haciendo lo que han hecho desde el principio; aprovecharse de la situación con fines electorales y personales. He aquí la segunda razón de este suicidio: los casos de corrupción. Recordemos a Ernesto Castro enojándose en la Asamblea Legislativa porque le pedían cuentas, transparencia, de lo que se estaba comprando. ¿Por qué enojarse? ¿Por qué no mostrar si no hay nada que esconder? Estas preguntas han encontrado respuesta estos últimos días con los casos de corrupción expuestos. Obviamente quisieron esconder todo: si no hubiéramos descubierto desde un principio los chanchullos graves realizados a expensas del conocimiento y del dinero del pueblo salvadoreño.

Todo esto conlleva naturalmente a un tercer elemento que da a ver el fracaso del gobierno. Frente a su pésima gestión, surgen nuevas posibilidades. Algunos municipios han entendido que les toca manejar solos la crisis, sin cometer los mismos errores. Se rodean por ejemplo de Óscar Picardo, sus planes y equipos. El presidente se ha enfadado, pues teme que se desnude aún más su subterfugio permanente. Desesperado, incluso insultó a Picardo quien le ofreció en cambio una lección de elegancia e inteligencia. ¿Estará Bukele arrepentido? Puede estarlo, porque ha forjado dos campos adversarios, el suyo por un lado, el de Picardo por otro, cuando hubiera podido haber un solo y mismo equipo desde un principio. Y hubiera podido ser un equipo ganador.

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