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Necesitamos la ayuda de Dios

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Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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El papa Francisco dijo en una de sus homilías: “Hemos de ser conscientes de que somos débiles, pecadores y sin el poder de Dios no podemos ir adelante. Somos de barro porque es la potencia de Dios, la fuerza que salva, que cura, que nos pone en pie”.

San Pablo dice: “Somos atribulados, somos perseguidos, golpeados”, como manifestación de nuestra debilidad, manifestación del barro que fuimos formados. Esta es nuestra vulnerabilidad.

A veces buscamos cubrir la vulnerabilidad, que no se vea; o maquillarla; o disimular. El mismo San Pablo dice: “Cuando he caído en el disimulo vergonzoso”. Los disimulos son vergonzosos, siempre. Son hipócritas. Son cosa mala que hay que evitar.

También existe el peligro de pensar que no tenemos necesidad de sanar y de ser ayudados. Y decimos: no tengo pecados; no estoy hecho de barro porque tengo un tesoro que es mío. No soy como los demás piensan de mí. Ellos no saben lo que valgo.

Este es el camino hacia la vanidad, la soberbia, la de aquellos que no sintiéndose barro buscan la plenitud de sí mismos. Pero la potencia de Dios es aquella que nos salva porque nuestra vulnerabilidad San Pablo la reconoce: “Somos atribulados, pero no aplastados”. No aplastados porque la potencia de Dios nos salva.

Somos puestos en apuros, pero no desesperamos. Hay algo de Dios que nos da esperanza. Somos perseguidos, pero no abandonados; golpeados, pero no aniquilados.

Tenemos un tesoro en vasos de barro. Pero la tentación es siempre la misma: cubrir, disimular, no creer que somos de barro. Esa es la hipocresía frente a nosotros mismos.

Cuando decimos en la Confesión los pecados como si fuese una lista de precios en el supermercado pensando quizá en blanquear un poco el lodo que nos cubre y ensucia, en lugar de aceptar nuestra debilidad y avergonzarnos de nuestros pecados.

Pero a Dios, que es quien nos escucha en ese Sacramento, no lo engañamos; los engañados somos nosotros mismos. Incluso invalidamos el Sacramento por nuestra mentira y en lugar de alcanzar el perdón de los pecados, incurrimos en uno mayor, por no ser sinceros.

La vergüenza, esa que se alarga en el corazón para que entre la potencia de Dios, la fuerza de Dios. La vergüenza de ser de barro y no ser un vaso de plata o de oro. Y si nosotros llegamos a este punto seremos felices.

Pensemos ahora en el lavatorio de los pies, cuando Jesús se acerca a San Pedro y San Pedro le dice: “No, a mí no, Señor”. No había entendido San Pedro que era de barro, que tenía necesidad de la potencia del Señor para ser salvado.

Pero luego el Príncipe de los Apóstoles rectificó y se humilló y le pidió que le lavara, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza, el Señor le aclaró que solo debía lavarle los pies –ensuciados por el polvo del camino– porque de lo demás estaba limpio.

Todos nos damos perfecta cuenta de que solos no podemos nada, pero con la ayuda de Dios, podemos todo, si recurrimos a Él qué fácil.

Pidamos a Nuestra Madre la Virgen que nos ayude a ser humildes, reconociendo lo que somos realmente.

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