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Necesitamos seguridad ciudadana, seguridad social, seguridad política, seguridad económica, seguridad ambiental...

El acoso de las inseguridades se nos ha convertido en un concierto de augurios desastrosos, que hacen que el vivir cotidiano esté permanentemente en vilo.
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Los salvadoreños hemos vivido y seguimos viviendo dentro de un remolino de inseguridades, que cada día se ha venido volviendo más y más incontrolable e insoportable. Prevalece en el ambiente la sensación de que cualquier cosa puede pasar, y eso sin duda es lo más desestimulante de la normalidad y del sano desenvolvimiento de los hechos reales. Lo único cierto es que no hay seguridad en ninguna de las áreas vitales del quehacer cotidiano, y eso nos tiene a todos en ascuas desde que amanece hasta que anochece, con las consecuencias erosivas y desquiciantes que no hay forma de disimular y mucho menos de ocultar. En tales circunstancias, lo que se impone sin alternativas es, en primer lugar, decidirse a hacer los análisis sinceros y exhaustivos de lo que se da en los hechos para pasar de inmediato a definir los tratamientos pertinentes en función de las soluciones concretas y sostenibles.

La crisis de inseguridad generada por el auge de la delincuencia organizada es, sin duda, el factor más perturbador de la vida ciudadana en estos momentos. La ciudadanía está agobiada por tal estado de cosas, y lo que quiere, necesita y exige son respuestas apropiadas y suficientes para resolver tan acuciante problemática. Nada parcial puede satisfacer tan justa demanda: hay que ir al fondo y tomar al toro por los cuernos. Si eso no se produce pronto, las consecuencias para el país serán cada vez más irreparables.

Los seres humanos individualizados estamos padeciendo, de muy variadas maneras y con matices diversos, los efectos de la inseguridad social que está presente a diario en nuestro ambiente. Los servicios públicos, que tienen múltiples expresiones, no responden de manera suficiente y efectiva a las necesidades ciudadanas y esa notoria ineficiencia incide de manera desactivante en todas las otras realidades nacionales. Replantearse, entonces, la función social del Estado constituye una tarea de primer orden a fin de asegurar una mejor vida para todos.

La seguridad política es una de las características más relevantes y determinantes de la democracia bien vivida. Por naturaleza, el juego político-democrático es cambiante, porque está regido por la competencia libre y abierta; por eso, la inseguridad a la que aquí nos referimos es la que surge cuando se activan tentaciones de acaparar poder cerrándole espacios a dicha competencia. En nuestro caso, hasta la fecha, más que intentos hay tentaciones al respecto, y eso debe hacer que nos mantengamos en guardia para que ninguna tentación vaya a concretarse.

La economía nacional viene padeciendo diversas formas de letargo desde hace ya bastante tiempo, y eso deriva sin duda de que no hay un acuerdo nacional de base que trace las líneas del desarrollo en lo económico y en todos los otros órdenes. Al ser así, las fuerzas generadoras de crecimiento tienden a retraerse y a ver oportunidades en otros ambientes más propicios. Necesitamos, pues, dejar atrás prejuicios ideológicos y retrancas funcionales, de tal modo que lo económico sea un espacio de participación consensuada con garantías estables.

El ambiente geográfico viene estando desatendido y descuidado desde siempre en el país. Es como si los salvadoreños nos hubiéramos hecho a la disparatada idea de que la Naturaleza se protege a sí misma, sean cuales fueren los deterioros a los que se vea expuesta. Por eso estamos en esta permanente crisis ambiental, que dispara las inseguridades correspondientes. Hay que tomar la debida conciencia de que la Naturaleza también es responsabilidad nuestra, y que seguir en este abandono culpable puede llevarnos a la inviabilidad total.

El acoso de las inseguridades se nos ha convertido en un concierto de augurios desastrosos, que hacen que el vivir cotidiano esté permanentemente en vilo. Todos, independientemente de cualquier diferencia, debemos asumir el reto de actuar en común y con la necesaria armonía básica hacia la plena y sustentada normalización del país. Nuestra vida presente es anormal, y eso hay que reconocerlo sin excusas ni pretextos.

“Seguridad” tendría que ser el signo conductor de las aspiraciones nacionales de aquí en adelante, porque ya está comprobado hasta la saciedad que sin seguridad todo queda en el aire y a merced de cualquier tipo de contingencia.

El Salvador tiene que reciclar a fondo la visión sobre sí mismo, y a partir de ahí replantearse sus proyecciones y sus estrategias. El desarrollo inteligente es la única ruta hacia el progreso real. Animémonos a comprenderlo y a emprenderlo.

Tags:

  • seguridad
  • delincuencia
  • politica
  • democracia
  • medio ambiente

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