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Necesitamos un estadista, no un dictador

Basta con escuchar sus monólogos en cadena nacional para darse cuenta de lo que su palabra significa.

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Carlos H. Castelar Rosales - Cardiólogo

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Las dictaduras y los dictadores no aparecieron en el siglo XX; datan de la Antigua Roma, cuando un magistrado era investido con ese cargo por el senado, con poderes absolutos para desempeñar una misión especial y por un tiempo determinado. El nombre de ese cargo obedecía a que dictaba sus decretos, que debían ser cumplidos sin ninguna condición. Esa figura trascendió a otras latitudes e incluso hasta las Américas, donde el 10 de febrero de 1824, el Congreso Nacional peruano suspendió la vigencia de la Constitución y designó a Simón Bolívar como Dictador del Perú.

La historia de las dictaduras modernas es diferente y no entraremos en mayores detalles excepto en que los dictadores antiguos eran designados por otra autoridad, llámese senado, congreso o asamblea, en tanto que las dictaduras modernas se establecen a sí mismas, como Su Excelencia el presidente Bukele, quien asume motu proprio el papel de un dictador desde el momento en que declara que no acatará las disposiciones de la Sala de lo Constitucional; esto aún sin considerar sus desplantes militares en la Asamblea Legislativa.

Su Excelencia se mofa –vía Twitter, por supuesto– de aquellas personas o instituciones, nacionales o internacionales, que han osado señalarle sus desplantes de dictador, pero parece que él no tiene una idea clara de lo que eso significa. Y si no fuera por la sumisa actitud de todos los miembros de su gabinete, le pediría a alguno de ellos que se lo explique.

Todo ocurre precisamente en los momentos en que El Salvador lo que menos necesita es a un dictador sino a un estadista, con la actitud unificadora, respetuosa, conciliadora, prudente, tolerante, sabia y con una formación académica que le acredite debidamente, o en su lugar con un cuerpo de expertos asesores técnicos que le orienten adecuadamente y no que le obedezcan ciegamente.

Alguien ha llamado "audaz" a Su Excelencia, lo que le implicaría ser osado pero prudente; sin embargo, le queda mejor el calificativo de "temerario" por ser osado pero imprudente. Esta temeridad le hace tomar decisiones con base en sus "corazonadas" y a improvisar de forma compulsiva y obsesiva, con la paranoia típica del dictador resumida en una conocida frase: "quien no está conmigo, está contra mí". Sus actos mismos delatan falta absoluta de planificación ni asesoría de expertos, como debería hacerse; lo que le consagra como dictador y le convierte en candidato a uno más de "los mismos de siempre", pese a su hiperactividad cibernética.

Basta con escuchar sus monólogos en cadena nacional para darse cuenta de lo que su palabra significa, cuando oculta a su población las medidas que repentinamente pone en ejecución y sin previo aviso, con la complicidad de su gabinete, incluyendo al señor representante de OPS/OMS, quien al parecer ya forma parte del mismo.

Las otras características del dictador moderno son el narcisismo, que Su Excelencia derrama a raudales; su conexión personal con Dios, que da mucho en qué pensar; su estribillo de los mismos de siempre, la consigna personal y de sus subalternos de echarle la culpa de todo a los gobiernos anteriores, nada original porque son tonadas que escuchamos desde hace décadas con otros gobiernos.

No hay duda de que para enfrentar la pandemia se han tomado medidas necesarias, pero algunas no se han ejecutado en la forma correcta. La factura será pagada por los sectores más vulnerables. Si las cosas salen bien será mérito del gobierno; si salen mal, será culpa de los "irresponsables" que salen a buscar alimento para sus hijos. ¡Dios nos guarde del coronavirus y de las dictaduras!

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