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Necesitamos un país articulado para aspirar a un futuro que nos permita salir de veras adelante

Por costumbre que ya se convirtió en tradición, muy desafortunada por cierto, lo que se viene dando en el país a lo largo del tiempo, y con más evidencia perturbadora en los tiempos más recientes, es el imperio de la improvisación enlazada con la falta de integración.
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La falta de integración como esquema de vida y la improvisación como método de funcionamiento. Esa mezcla se hace cada vez más perversa, en la medida que se acumulan sus efectos negativos y se imposibilitan los manejos positivos. Es como si los salvadoreños estuviéramos atados voluntariamente a la negatividad, dejando de lado a cada paso las potencialidades constructivas disponibles.

Cuando decimos en el título de esta columna que estamos necesitando un país articulado hacemos directa referencia al hecho de que no es imaginable la dinamización efectiva de toda nuestra realidad si no se parte de un esquema que reúna todas las características de un escenario puesto en condiciones de funcionar como tal; es decir, con unidad, interconexión y previsibilidad suficientes para garantizar funcionalidad. La desintegración imperante, que viene de tan lejos, es la fuente primaria de la inseguridad que padecemos en tantos sentidos, y enfocarlo así sería la forma de iniciar un nuevo trayecto nacional.

Llegar a tener un país articulado demanda, en primer término, hacer funcionar los mínimos de racionalidad que exige la dinámica del progreso real. Estamos hablando entonces de varios tipos de racionalidad: en la visión, en el diagnóstico, en el método, en el proyecto, en la estrategia y en la práctica. No es cuestión de sólo proponérselo ni de sólo disponer voluntades en esa línea: hay que juntar factores que sean capaces de interactuar cada uno en su rol, de tal manera que al final se cuente con un tejido de fuerzas que se determinen mutuamente. No se puede dejar nada al azar o a un hipotético “mañana”. El desafío es de hoy y para hoy.

Y aunque la mera enumeración de esos factores infaltables da pistas sobre lo que hay que hacer en el orden en que hay que hacerlo, es constructivo tener en cuenta que la creatividad nunca podría quedar de lado. Por eso es que cada caso nacional tiene sus propias características. Y puestos en este plano, hay que preguntarse: ¿Cuáles son nuestras características propias como nación y como sociedad? Ser una comunidad concentrada, que vive en una especie de intimidad permanente; haber asumido el régimen democrático luego de una larguísima experiencia de ejercicio autoritario; y tener múltiples limitaciones entrelazadas con grandes posibilidades.

La primera de dichas características funciona en dos sentidos: favorece el conocimiento mutuo y a la vez produce fácilmente crispaciones de contacto, como ocurre hasta en las mejores familias; la segunda de tales características nos imposibilita contar con ejemplos de recorrido sobre la convivencia normal dentro del pluralismo natural, lo cual demanda más esfuerzo de adaptación a las condiciones del presente; y la tercera de las características mencionadas hace necesario un pragmatismo funcional que potencie el equilibrio entre lo que constriñe y lo que estimula. Se trata entonces de un juego permanente de realidades diversas.

La tarea por hacer es desde luego de gran calado y de largo alcance, pero si los salvadoreños nos decidimos por fin a emprenderla como debe ser las perspectivas se abren con señales muy auspiciosas. Contamos con un escenario político que nunca tuvimos antes, cuyas complicaciones derivan mucho más de la incapacidad procedimental de los actores que del libreto de problemas en cartera. Al respecto la articulación anímica y volitiva debe anteceder a todo lo demás. Los salvadoreños estamos llamados siempre a construir nuestro destino en los hechos de la vida real, y hacerlo de la mejor manera posible es la clave del éxito nacional.

Tags:

  • david escobar galindo
  • integracion
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