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Necesitamos una educación nacional que no sea simplemente informativa sino sobre todo esencialmente formativa

Como casi todas las funciones fundamentales para el buen desenvolvimiento del país, la Educación Nacional está claramente necesitada de reciclajes que la actualicen y la transformen. Ya no se trata, desde luego, de emprender “reformas” como las que se dieron a partir de fines de los años 60 del pasado siglo, y que resultaron a la postre tan depredadoras en lo esencial, sino de encarar la temática educativa en su auténtica expresión moldeadora y restauradora del ser social. A medida que se ha venido intensificando el ritmo evolutivo del país, las necesidades de modernización en lo esencial no sólo se han venido multiplicando sino sobre todo volviéndose cada vez más complejas. Ese justamente es el caso de la Educación.
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En nuestra congestionada sociedad se vienen deteriorando en forma progresiva las dinámicas culturales de toda índole, entre ellas de manera más identificable la dinámica educativa. Y aquí nos referimos a la Educación en su acepción más abarcadora, que incluye lo que al respecto se hace en el seno de la familia. En tal sentido hay que recalcar el hecho inquietante de que la familia en nuestra sociedad viene perdiendo no sólo consistencia estructural sino sobre todo capacidad de ser núcleo motor de destino para todos sus integrantes. Esto se ha intensificado aún más por efecto de la caudalosa emigración que fractura grupos familiares y desconecta a sus integrantes.

En unas condiciones como las que actualmente imperan en nuestro país, posicionar la Educación en el lugar que le corresponde es una labor de primerísima importancia. Hay que enfatizar ahora más que nunca que la Educación, vista hacia el entorno inmediato, es el vehículo de la productividad, y vista hacia los espacios externos es el motor de la competitividad. Educación, productividad y competitividad son el triángulo virtuoso del progreso; y al enlazarla con los ejercicios creadores del emprendimiento cumple otra labor de primera línea. Pero hay algo complementario, aún más trascendental desde el punto de vista humano: el poder formativo, que moldea la personalidad, fertiliza el intelecto y moviliza el espíritu.

En ese sentido, la formación debe comenzar por los docentes, que tienen que estar suficientemente capacitados para cumplir con su misión, que es más que una función y mucho más que un empleo. Ser maestro implica convertirse en transmisor de habilidades de vida, que son conocimiento y a la vez formas de ser. Por ello, independientemente de las asignaturas que impartan, son gestores de conducta, porque en la forma que enseñan se plasman actitudes y criterios de actuación. No es de extrañar entonces que los educandos con gran frecuencia queden indeleblemente impregnados más de lo que fue su relación humana con los educadores que de los conocimientos que les transmitieron.

Una de las fallas más adversas que se han venido instalando en el ambiente desde hace ya mucho tiempo es la que consiste en desligar la cultura y la educación de lo que es presencia viva en el quehacer cotidiano; y a raíz de eso los salvadoreños hemos venido perdiendo identidad y ganando orfandad, en un ciclo que ni siquiera despierta los análisis esclarecedores que podrían abrirle salidas a una nueva forma de percibir el país y de concebir nuestra relación anímica con él. Superar tan deplorable estado de cosas es, por supuesto, una labor histórica de primer orden, y no habría que desperdiciar más tiempo asumiendo demencia al respecto.

Entendamos y aceptemos de una vez por todas que la educación y la cultura son funciones vitales de la conciencia y del espíritu, cuyas raíces tienen que afincarse en el ser social para que las plantas se mantengan vivas. En verdad, los seres humanos somos como los árboles, que tienen en perfecta armonía sus raíces, su tronco, sus ramas, sus hojas. En nuestro caso, el espíritu, la conciencia, el organismo y las emociones. Y en esa palabra que tan insensiblemente se tiende a dejar de lado –la palabra “armonía”– está la clave de nuestro ser. La cultura y la educación, ejes vitales de la auténtica sociabilidad, son las gestoras del conjunto.
 

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