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Necesitamos una nueva cultura de convivencia que haga posible el esfuerzo en común hacia la armonía y la estabilidad

En verdad, si la cultura de paz se hubiera tomado en serio en la propicia coyuntura de la terminación política de la guerra de seguro el escenario nacional habría recibido los beneficios de un nuevo modo de interrelación política y social.
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La sociedad salvadoreña está atravesando un período de grandes dificultades, que mantienen a prueba la capacidad de sostenimiento funcional de nuestras instituciones y ponen en constante alerta lo que queda de normalidad en el ambiente. Eso implica que hay que reenfocar toda nuestra realidad actual, para que a partir de los nuevos enfoques que se logren se haga factible redireccionar las energías nacionales con métodos verdaderamente efectivos y hacia metas que tengan como bandera única el bien común de todos los connacionales.

En los años inmediatos al fin del conflicto bélico interno se puso en boga hablar de cultura de paz, y algunas iniciativas se dieron en esa vía; pero ocurrió lo que desafortunadamente tiende a ocurrir siempre: que no se pasó de los gestos ocasionales y de las declaraciones circunstanciales, hasta que se dejó de mencionar aquello, como si sólo hubiera sido un juego intrascendente de luces de bengala. En verdad, si la cultura de paz se hubiera tomado en serio en la propicia coyuntura de la terminación política de la guerra de seguro el escenario nacional habría recibido los beneficios de un nuevo modo de interrelación política y social.

En estos tiempos que corren lo que en realidad se está requiriendo es poner a funcionar una cultura de convivencia que desde luego integre valores como la paz, la libertad, el respeto, la probidad y la eficiencia, entre otros. Algunos mencionan la necesidad de alcanzar un nuevo Acuerdo de Paz, pero en verdad lo que habría que enraizar y desplegar es un renovado consenso para que todas las negatividades imperantes les dejen el puesto a las tareas de reconstrucción moral y de rehabilitación del progreso en su más amplio sentido. Los salvadoreños tenemos que aprender a convivir en democracia, pues aunque la democratización esté en marcha hay aún muchos resabios del viejo esquema autoritario, donde la ley valía muy poco y el poder lo controlaba todo a su antojo.

Nuestra cotidianidad vive contaminada de conductas erróneas, tanto en lo público como en lo privado, y en tanto eso no se corrija en forma sistemática será prácticamente imposible reordenar la dinámica del país y activar los mecanismos de seguridad que son insoslayables si se quiere vivir en armonía impulsando la prosperidad. Hoy ya no bastaría un esfuerzo concentrado como el que se dio durante la negociación de la paz; en las circunstancias presentes lo que la realidad exige es un despliegue de voluntades que abarque todos los núcleos de ciudadanía, de modo que lo que se vaya levantando sea un proyecto de país, integral en todo sentido.

Estamos urgidos de desarrollo, no sólo para atender de manera eficaz las diversas necesidades de la ciudadanía sino para asegurar un futuro promisorio a las actuales y a las próximas generaciones. Ese desarrollo sólo podrá llegar y quedarse si todas las fuerzas vivas lo asumen y lo impulsan. Es, pues, un compromiso interno sin fronteras lo que la lógica histórica nos demanda.

La democracia, por esencia, es competitiva y armonizadora al mismo tiempo. Competir no es sinónimo de chocar y armonizar no es sinónimo de condescender. Se trata de hacer valer la razón de manera proactiva y proyectiva.

Tags:

  • cultura de paz
  • democracia
  • seguridad
  • prosperidad

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