Ni blanco ni negro: la vida tiene todos los colores

En el internet se publicó recientemente una queja por parte de un joven bloguero sobre la supuesta doble moral de la sociedad salvadoreña: “¿En contra del aborto, pero a favor de la pena de muerte?”. En los comentarios del Facebook se insistía en que eran casos diferentes: aquellos abortados eran inocentes en contraste con los criminales, quienes tienen una “conciencia ya formada” y que, por tanto, era viable justificar la pena de muerte como consecuencia de sus actos.

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No podemos negar que estamos en un mundo en donde nos regimos y actuamos de acuerdo con la conveniencia situacional. Pero no: el aborto y la pena de muerte no son “dos situaciones diferentes”. No podemos caer en un relativismo moral. Por ende, todos aquellos que estemos a favor del respeto a la vida debemos velar tanto por inocentes como por transgresores. Estamos obligados a respetar la dignidad de cada ser humano de manera absoluta.

 

En cuanto al aborto, no recurro a mi fe y doctrina religiosa, pues solo eso me bastaría para defender la vida. En cambio, puedo decir que científicamente, desde el momento en que se forma el cigoto, el feto ya contiene el material genético propio de un ser humano. Sí, es un ser independiente y perteneciente a nuestra misma especie. Algunos rechazan que es un ser humano y afirman que está en “potencia”. Pues en los mismos términos que usan dichos “filósofos,” el embrión/feto es un ser en actualidad. Sí, se mantiene en potencia en términos de desarrollo, así como todos nosotros, que vamos madurando en las diferentes etapas de la vida, pero hay que aclarar que la esencia de ser humano ya fue actualizada. Además, las mujeres no pueden reclamar que tienen “derecho sobre su cuerpo” porque no es su cuerpo. Lastimosamente, otro cuerpo está dentro de ellas, pero no tienen ningún derecho sobre el mismo. Hay dos cuerpos. Además, ellas tienen opciones: orfanatorios, adopción (solo en EUA hay 6.1 millones de mujeres al año que no pueden quedar embarazadas y desean adoptar) y, más importante y menos mencionado, abstenerse de tener relaciones. Además de estos, hay argumentos en cuanto al trauma psicológico, el daño al cuerpo, etc. No quiero juzgar a ninguna mujer que haya pasado o esté pasando por esto; es más, siento que es nuestro deber ayudarlas y guiarlas para que puedan tomar una decisión de la que jamás se arrepientan.

 

Y en cuanto a la pena de muerte, aunque haya transgresores que por sus crímenes les nieguen la vida y dignidad a otros, y que cometan actos atroces que dejen a miles de familias llenas de dolor, aun así debemos reconocer que el derecho a la vida está fuera de nuestra autoridad: no tenemos las facultades para otorgar la vida, mucho menos podemos quitarla. Como sociedad, es nuestro deber ofrecer nuestro consuelo, solidaridad y soporte a aquellos afectados por tales crímenes. Sin embargo, también es nuestro deber velar por un castigo justo y consistente con el acto, pero simultáneamente que respete la dignidad del criminal. Hay que recordar que también tenemos opciones: cárceles de máxima seguridad, psicoterapia, rehabilitación, etc. No podemos justificar violencia al argumentar que “estamos protegiendo a la sociedad” o “que es el bien mayor”, pues a través de métodos no violentos estamos dando nuestro mejor ejemplo de compasión y tratando de prevenir más violencia en el futuro.

 

En conclusión, quiero reafirmar mi primer punto: no podemos ser relativistas en moral. Hay que proteger la vida y dignidad del ser humano sea cual sea el caso.

 

 

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