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Ni información ni servicio público

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La administración Bukele abrió al público un portal digital en el cual darle seguimiento a algunas estadísticas; con eso redujo a la población a testigo sin réplica, ni siquiera a valedor de esos números, sin posibilidad de preguntar por ellos en ningún punto de contacto.

Puede afirmarse que el interés nunca fue publicitar la información sino sólo desarrollar eventos de comunicación de soporte a la narrativa oficial; la ola de reservas a documentos de interés nacional que el titular de Salud pretende establecer confirma ese prurito.

Ni toda la comunicación es información ni la opinión pública es tan importante como el conocimiento público. En el escenario de la pandemia, esas diferencias son todavía más ostensibles. 

El gobierno salvadoreño al igual que muchos otros en Centroamérica creyó que las dos crisis de marzo, la sanitaria y la del pánico, requerían el mismo tratamiento: monopolio de la información. Y no sólo de la información más sensible relacionada con el manejo financiero, calidad y procedencia de los proveedores de los ministerios y el largo etcétera que de a poco se revela; también cerró el grifo de data elemental, de la que sirve para tomar decisiones como la saturación del sistema hospitalario en las primeras semanas, cifras de neumonía atípica y en qué municipios estaban dándose con más frecuencia o la efectividad de algunos medicamentos de uso doméstico. 

Eventualmente, la administración Bukele abrió al público un portal digital en el cual darle seguimiento a algunas estadísticas; con eso redujo a la población a testigo sin réplica, ni siquiera a valedor de esos números, sin posibilidad de preguntar por ellos en ningún punto de contacto. Puede afirmarse que el interés nunca fue publicitar la información sino sólo desarrollar eventos de comunicación de soporte a la narrativa oficial; la ola de reservas a documentos de interés nacional que el titular de Salud pretende establecer confirma ese prurito. 

¿De qué narrativa hablamos? De una según la cual ante el terror del covid-19, el gobierno salvadoreño fue el más competente a escala regional. Para confirmarlo, se realizan estudios de opinión que son citados de modo recurrente en los medios de comunicación del Estado. Además de que todo ese ejercicio se paga con impuestos de la nación, lo cual es éticamente reprochable, esa dinámica corrobora que la opinión pública les interesa más que el servicio al público. Si para formar un criterio que les fuese favorable debieron ocultar información o poner premeditadamente el énfasis en las capas más superficiales de la crisis, entonces así lo hicieron. Sin chistar. 

El resultado es una población que recibe sólo gotas de información entre un aluvión de comunicación y propaganda. 

Por supuesto, la información que procede de las fuentes tradicionales, desde los medios de comunicación hasta las fuentes políticas, está sujeta a un natural escepticismo en la sociedad posmoderna. Un sector de la comunidad se fía más de lo que se comparte como conocimiento colectivo en las redes sociales, una plataforma en la cual se supone que no hay construcciones tan elaboradas y en las que el público de algún modo se regula a sí mismo. 

Nada de eso es cierto. Quizá en alguna red social más que otra, pero la lógica del mercado se impone eventualmente en todas: entre más pauta publicitaria, más visibilidad. Con el extra de que la resistencia intelectual del público en esos espacios es menor porque no asisten ellos para informarse de una fuente profesional sino para intercambiar con sus pares, que le merecen generalmente crédito. 

Otro poco de dinero público ha ido a parar ahí precisamente, promoviendo la figura del mandatario o la lectoría de noticias oficiales, encuestas y demás con fines publicitarios. 

En resumen, que para empujar a la opinión pública en la dirección que más conviene a su agenda, el gobierno ha contaminado con propaganda espacios destinados a compartir conocimiento, deshonrado su obligación de informar a la comunidad aun en los momentos más álgidos de la pandemia e insistido en entretener al auditorio para retrasar la hora de las preguntas difíciles.

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