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Ni programa ni plan ni visión: este gobierno sólo tiene táctica

No todo lo que se mueve en la política es político como cualquier salvadoreño puede entender si pone un poco de atención en nuestro gobierno, volátil y prepotente en usos, hábitos y acciones

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Cada vez está más claro que a la facción económica y política en el gobierno sólo la motiva la acumulación de poder, aun si en ese esfuerzo debe desmontar a la institucionalidad, a la división de poderes y a la democracia misma. Para reconocerlo basta con ser buen observador.

La lógica del republicanismo, pilar fundamental del modo de vida salvadoreño, es que el bien individual está subordinado al bien común a la vez que la aspiración de los ciudadanos a vivir en un orden político que no puede ser alterado arbitrariamente es legítima e inalienable.

La república fue la solución que los independentistas latinoamericanos desde México hasta Chile encontraron como superación del régimen monárquico, en pos de un sistema representativo de gobierno opuesto al absolutismo. Que república y democracia no sean sinónimos, y que sólo el vigor de la ciudadanía puede garantizar la libertad política son lecciones que América Latina aprendió de modo doloroso en las últimas décadas, a través de los Chávez, los Ortegas y los Lulas.

Es que en pos de la ruptura con las realidades económicas y en aras de instalar nuevos modelos, en el desarrollo de los mayoritariamente malogrados proyectos revolucionarios del continente siempre se procedió contra la república. Y en el caso de la ola populista conocida como el socialismo del siglo XXI, se quiso sustituir el concepto de mayoría relativa por el de mayoría absoluta. O en otras palabras, se quiso hacer creer que el concepto de demos, de pueblo, va ligado a la posibilidad de que la mayoría disfrute de todos los derechos sólo si es en detrimento de las minorías, en conflicto con la idea clásica de que los más gozan del derecho a gobernar si y sólo si respetan los derechos de los menos. Mal que bien, el choque político en la región consistió siempre en algunos blandiendo arietes contra la república y otros asiendo escudos en su defensa en la medida que esta representaba unos ideales y una visión de cómo administrar lo público que era válida, tolerable o inaceptable según el proyecto ideológico de cada quien.

Pero no todo lo que se mueve en la política es político, como cualquier salvadoreño puede entender si pone un poco de atención en nuestro gobierno, volátil y prepotente en sus usos, hábitos y acciones. Es que a diferencia de todo lo que hemos vivido en 200 años de republicanismo, ahora detenta el poder un círculo que blande una mal disimulada antipatía por la democracia per se, no porque se oponga a su proyecto, pretenda subvertir el orden por principio programático o sea la antítesis de una utopía. Lo hace por extensión de su táctica, que es la simple y llana acumulación de poder.

El poder por el poder sólo puede servir para el enriquecimiento de un grupo, para la reducción del aparato público a mayordomo de unos fines, para el uso pecuniario del Estado, el más corrupto de los propósitos en un gobernante.

Si el poder no es instrumento en la persecución de un objetivo, entonces es estrictamente apetito. Si ese apetito es inconfesable, el que gobierna necesita de un concierto de propagandistas que mantengan entretenida a la opinión pública mientra se consuma la invasión y el control en todos los órdenes posibles hasta tener maniatada a la sociedad, neutralizando el ejercicio político.

La idea es tan primitiva como la humanidad, y se le ha llamado de varias maneras, desde tiranía hasta dictadura, autoritarismo, totalitarismo, fascismo, autocracia. Para alcanzar ese estadio ante una democracia moderna se necesita o una irrupción violenta en oposición al sistema o un debilitamiento institucional desde adentro, manteniendo en un estrés continuo la división de poderes y socavando cualquier contraloría posible. En otras palabras, mucha táctica y mucha propaganda.

Esos son nuestros tiempos. Táctica a montones, sabotaje, insultos glorificados y propaganda profusa no sólo en los medios oficiales sino en algunos de los tradicionales, así como la confusión de una mayoría ignorante de nuestra historia y del lúcido legado que se nos heredó hace 200 años: en política la clave no es perseguir lo imposible sino poner límites al poder de los déspotas.

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