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Nicaragua: la crisis y el fin de la dictadura casi perfecta

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Alberto Arene / Economista/analistaInternacionalmente

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Durante una década hasta hace dos semanas, el control del poder por la pareja presidencial Ortega-Murillo era total: los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, la casi totalidad de las alcaldías y concejos municipales, buena parte de los medios de comunicación social, las principales organizaciones sociales y gremiales, las organizaciones juveniles en las universidades, la estrecha alianza con la gran empresa privada, la progresiva debilidad e irrelevancia de la oposición, más de $4 mil millones de recursos concesionarios de Venezuela usados por Ortega a su antojo, y crecimiento económico promedio de 4 % anual, además de la complicidad de Washington que hasta el final de la Administración Obama comenzó a cambiar con la aprobación del Nica Act por el Congreso.

Once años después de que Ortega regresó a la presidencia por tercera vez –después de liderar la junta de gobierno de 1979-1984 y ejercer la presidencia de 1984 a 1990– una reforma confiscatoria del corrompido y descapitalizado sistema de pensiones encendió la chispa de la gente, saliendo a flote la indignación y la rabia contenida y acumulada de tanta gente.

La dictadura fue casi perfecta hasta hace dos semanas que la juventud se reveló, la represión se desató, la sangre de decenas de jóvenes se derramó, el pueblo se indignó, la Iglesia católica se solidarizó, los grandes empresarios retrocedieron sumándose, la comunidad internacional se despertó y todo desde entonces cambió.

Después de una década de violaciones constitucionales y destrucción de las instituciones, elecciones sin ninguna transparencia, corrupción generalizada liderada desde la presidencia, justicia amañada, impunidad generalizada, violación de derechos humanos, todo bajo la concentración total del poder de una nueva dinastía familiar que controlando el Poder Legislativo y Judicial cedió la soberanía territorial a una empresa china para construir un canal interoceánico. De aquí surgió un movimiento campesino y ciudadano opuesto al canal que se une a grupos ambientalistas también opuestos a la actividad extractiva minera y al deterioro medioambiental cuya última manifestación fue la desidia del gobierno frente al incendio de la reserva en Indio Maíz. Finalmente, el pueblo se hartó, cayendo la chispa en un mar repleto de gasolina.

Por eso entendemos la afirmación de Edmundo Jarquín, excandidato presidencial y uno de los principales líderes de la oposición a Ortega cuando afirmó: “Aquí se han juntado todos los agravios: La estabilidad autoritaria con crecimiento económico que ha sido el rasgo fundamental del régimen de Ortega durante un poco más de 11 años ha llegado a su fin por la culminación de agravios que él ha venido imponiendo a la población nicaragüense en diferentes campos, económico, social y político. Hasta el momento la gente aceptaba por temor o indiferencia la situación de construcción cada vez más férrea de un régimen autoritario” (EDH, 1.5.2018).

El ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Roberto Ampuero, se reunió ayer con Edmundo Jarquín, afirmando al término del encuentro: “Nosotros estamos preocupados por lo que está ocurriendo, lamentamos profundamente las muertes que se produjeron, los heridos que se han generado durante las protestas en contra del gobierno de Daniel Ortega y reiteramos el llamado a las autoridades de Nicaragua a ser extraordinariamente prudentes con el manejo de sus fuerzas de seguridad frente a quienes protestan hoy contra ese gobierno”.

El próximo 14 de mayo en México se reunirá el Grupo de Lima en México, previéndose se aborde la crisis nicaragüense, mientras crece la expectativa que estos países podrían llevar el tema de la crisis de Nicaragua a la OEA. El fin de la dictadura casi perfecta ha comenzado.

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