Ninguno de los grandes proyectos de desarrollo que El Salvador necesita puede ser impulsado de veras sin un empuje debidamente concertado

El patético ejemplo del Puerto de La Unión, un proyecto emblemático del desarrollo regional en el oriente del país y que se frustró por intereses mezquinos y por visiones reductivas, debe servir de muestra para no repetir nunca más tales errores.
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Dadas las condiciones en que se está moviendo en estos tiempos la realidad nacional y teniendo en cuenta los desafíos y oportunidades que se hacen cada vez más presentes en los ámbitos nacionales, regionales y globales, resulta cada vez menos eludible el imperativo de reanalizar de manera periódica las visiones y las proyecciones del desarrollo. Lo que no se puede, bajo ninguna circunstancia, es continuar al respecto lo que tradicionalmente ha venido ocurriendo en el país, que es ir dejando los esfuerzos por el desarrollo en el plano de lo aleatorio, según sean los intereses políticos que se imponen en cada momento y conforme a los repentismos y las ocurrencias de los que están al frente de la conducción nacional.

En tal sentido, lo que se impone es entrar, cuanto antes, en un ejercicio de análisis valorativo de lo que tenemos en función proyectiva de lo que pudiéramos llegar a tener, de tal manera que el desarrollo que se vaya logrando esté en real sintonía tanto con nuestras potencialidades como con nuestras limitaciones, manejadas ambas de una manera a la vez sincera y creativa. Lo que los salvadoreños necesitamos con verdadera urgencia es ponernos al hilo con la realidad tanto interna como externa, para no continuar dando palos de ciego ni seguir creando más obstáculos en la ruta de nuestra evolución. Y esta es una tarea en la que no puede haber exclusiones de ninguna índole, ni de sectores, ni de grupos ni de personas.

El desarrollo, como hemos reiterado cuantas veces ha sido oportuno, es un dinamismo multidimensional, que por consiguiente no se puede resumir en ninguna política de líneas generales. Hay que tener, desde luego, fundamentos comunes que deriven de la realidad nacional tal como ésta se va presentando en el devenir acumulativo, pero lo que verdaderamente hace posible un progreso que abarque todos los componentes del fenómeno es la planificación integral e integrada, en la que los diversos aspectos en juego tengan tratamiento y seguimiento del mismo. Así como la sociedad es plural y multifacética, el desarrollo también tiene que serlo; y partir de tal percepción englobadora es indispensable para no caer en los parcialismos limitantes ni en las estrategias de corto alcance.

Para el caso, seguimos atrapados en muchos sentidos en el viejo centralismo, que tanto limita el desarrollo en general. Pese a nuestra reducida dimensión geográfica, el país pareciera vivir en dos realidades superpuestas: la de los pocos centros de poder y de modernidad y la de las periferias donde muchas cosas parecen ser de otras épocas. Necesitamos grandes proyectos de desarrollo en el terreno, que se vuelvan focos permanentes de vitalización y expansión tanto económica como social. Y esto sólo se puede lograr si se da una dinámica de consensos articuladores, que permitan incorporar todas las energías disponibles al trabajo en el terreno.

El patético ejemplo del Puerto de La Unión, un proyecto emblemático del desarrollo regional en el oriente del país y que se frustró por intereses mezquinos y por visiones reductivas, debe servir de muestra para no repetir nunca más tales errores. El país no puede darse el lujo absurdo de seguir perdiendo tiempo irrecuperable mientras otros países le toman la delantera. Tenemos que decidirnos de manera armoniosa y articulada a hacer las cosas bien y a empujar el desarrollo en todas las dimensiones y expresiones de éste.

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