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Niños de la calle...

“Pobrecitos niños de mi tierra triste que si a veces juegan juegan con pedruscos, trozos de madera o muñecas rotas y a veces con latas vacías de cerveza o soda...
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 Pobres niños pálidos de mi tierra chica que alegran sus rostros con sonrisas mustias, niños macilentos de ojitos hundidos con bracitos flacos, vientres inflamados. Niños desnutridos de mi patria pobre rogando cariño, añorando un beso, pidiendo limosna o vendiendo rosas o limpiando vidrios de carros bonitos. Pobres niños pobres con ojos de angustia mirando a otros niños que chupan sorbetes, que muerden y botan pedazos de pizzas crujientes. Pobrecitos niños de mi tierra injusta, con sus pies descalzos, pelo desgreñado, su ropita sucia con olor a mugre y un sabor a hiel brotando de su alma. Pobrecitos niños, pobrecitas niñas que en vez de oler flores y abrazar muñecas huelen bolsas plásticas con pega maldita y aprietan ansiosos contra sus costillas girones de sueños, pedazos de angustias”. Escrito en forma de poema en septiembre de 1998.

En 2016, hace pocos días, vi a un jovencito con las dolorosas características que describo, en las cercanías del edificio central de Correos dando vía a los vehículos que circulaban por esa zona. Sus pertenencias –en un pedacito de esquina–: un silloncito quebrado, unos cuantos cartones y unos trapitos viejos. Esa parecía ser la residencia del jovencito... Católicos, protestantes y evangélicos hacen muchísima obra humanitaria-espiritual con niños, jóvenes y adultos desarraigados y adictos. Queda mucho por hacer. Pongamos nuestro ladrillito y una sonrisa.

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