Niños: protagonistas de la paz

Ayer, 13 de mayo, se cumplieron 100 años de la aparición de la Santísima Virgen María en Fátima a los pastorcitos Lucía, Jacinta y Francisco, periodo durante el cual el mundo ha sufrido guerras y continúa desangrándose alrededor de los cinco continentes, precisamente porque no escucharon en 1917 el mensaje de paz y de oración.
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Supongo que por esta razón y por tanta violencia, sufrimiento e injusticias en distintas partes del globo (Siria, África y Venezuela, por ejemplo), una imagen representando a la Virgen de Fátima como peregrina será venerada en la sede de la ONU, a orillas del río Hudson, en Nueva York, Estados Unidos. Las noticias indican que los promotores de este inédito evento son la Misión del Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas y la Misión Permanente de Portugal, probablemente porque el nuevo secretario general de la ONU es el portugués António Guterres.

Pero la otra buena noticia es que tenemos dos nuevos santos, los niños Jacinta y Francisco, a quienes siendo pequeños y en compañía de su prima Lucía, se les apareció la madre de Dios para enseñarnos que debemos aprender de los niños a confiar en Jesús, para perdonar y tener paz en la familia y en la sociedad para dialogar.

Al igual que el papa Francisco, los últimos papas anteriormente han pedido orar y alcanzar la paz a través del rezo del rosario, dialogar y otorgar perdón, aunque no lo soliciten quienes nos dañaron. Recuerdo que, durante la guerra de 12 años de El Salvador, cuando no mirábamos solución al conflicto armado, el entonces papa, San Juan Pablo II, nos escandalizó pidiendo diálogo en vez de seguir con la guerra, y años después firmamos los Acuerdos de Paz.

Me permito compartir de nuevo las ideas del papa Francisco sobre el perdón, cuyo texto copio a continuación y espero lleven consuelo a los parientes de quienes son asesinados cruelmente en Siria, África, Venezuela y aquí en El Salvador: “No existe familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de unos a otros. Nos decepcionamos los unos a los otros. Por lo tanto, no existe un matrimonio saludable ni familia saludable sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y sobrevivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en un escenario de conflictos y un bastión de agravios. Sin el perdón la familia se enferma. El perdón es la esterilización del alma, la limpieza de la mente y la liberación del corazón. Quien no perdona no tiene paz del alma ni comunión con Dios. El dolor es un veneno que intoxica y mata… El perdón trae alegría donde un dolor produjo tristeza, y curación donde el dolor ha causado enfermedad”.

El cristianismo nos plantea un reto escandaloso: ¿por qué debería perdonar y recibir el perdón de quien injustamente me haya agredido, engañado y defraudado? La respuesta es muy humana además de cristiana: porque perdonar es el arte de imitar el corazón y la ternura de Dios. “Tomar una decisión consciente de dejar de odiar, porque el odio no ayuda nunca. Como un cáncer, el odio se extiende a través del alma hasta destruirla por completo” ha escrito J. Christoph Arnold, autor de “El arte perdido de perdonar”.
 

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