No banalicemos la muerte

Dentro de distintas sociedades, la muerte se considera de diferentes maneras según su asociación con la violencia y según el vínculo establecido con ella. La actualidad lo muestra.
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¿Por qué los recientes acontecimientos sucedidos en Francia que solemos llamar atentados han provocado tanta emoción? Mi pregunta quizá sorprenda, pero se vuelve legítima pensando que en El Salvador, pocos días son suficientes para sobrepasar una cifra elevada de asesinatos. Quisiera que tratemos de entender la situación para nunca cesar, a pesar de todo, de defender y cantar nuestro bien común, la vida.

La población europea mantiene una relación diferente con la muerte violenta ya que esta se considera según la influencia del contexto vigente. Asimismo, si en Europa el terrorismo es tan eficaz en su primer sentido y en su primer objetivo aterrorizando la población es porque el Viejo Continente conoce un entorno de paz habitual y de seguridad relativa. Al contrario, un aire de violencia omnipresente hace crecer una cantidad inaceptable de muertes y estas tienden a volverse habituales. Ese aire es, sin duda, un viento tormentoso que sopla en El Salvador. Cómo no podría evocar el caso de las armas cuya circulación es demencial, gran símbolo de la muerte sustituida a la vida, asesinas cotidianas, y por ende, de cierta forma menos escandalosas. Pierden su carácter excepcional por la forzosa repetición, como después de vivir tanto tiempo en frente de la torre Eiffel el monumento ya no es el mismo que al principio, los ojos de la primera vez ya no brillan, o brillan menos, se desvanece su encanto extraordinario mediante lo que llamamos una trivialización. De esta manera, interrogar la relación de una sociedad con la muerte plantea el problema de la costumbre.

El proceso de habituación es verdaderamente problemático. Costumbre rima con ceguera y automatismo; es una gran máquina sutil capaz de empobrecer, de desvalorizar y sobre todo de esconder problemas que pierden esencia propia y todo desafío. En El Salvador, ¿cuántos somos, los individuos afectados por un caso de asesinato más o menos cercano? ¿Cuál es la recurrencia de este tema en las diferentes discusiones de la vida cotidiana? ¿Cuántas almas han sido ahogadas por la sangre? Basta con leer las noticias para tomar conciencia de una tal omnipresencia. ¿Y por qué no poner en tela de juicio también la tenencia de armas? En la esfera social, una jerarquía según la gravedad de los problemas existe. Al igual que en la esfera política, donde se suma a esa jerarquía la exigencia de prioridad. Pero en los dos casos este esquema de acción va desapareciendo. Los asesinatos se encuentran anegados en un océano de problemas. Me parece sin embargo que la conservación del ser humano es la primera ley, el primer derecho y la primera preocupación dentro de, justamente, un Estado de derecho. ¿Cuál es, por ende, la legitimidad de un cuerpo político que no garantiza ni la paz ni la seguridad de sus ciudadanos?

Llego entonces a una paradoja clásica: la omnipresencia del asesinato en la vida cotidiana es tal que se vuelve invisible para una mirada habituada a ello. Mediante esta banalización uno pierde conciencia del problema, se evoca sin considerarlo y finalmente, escondido o disfrazado, integra la vida cotidiana gobernada por la fuerza de la costumbre. Una consecuencia perniciosa es la desvalorización de la vida humana en su consideración, su protección y su herencia. No se muere para el Estado –un gran ideal–, sino que a causa de, por su culpa: morir termina mostrándole lo que nunca supo conservar.

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