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No crean que somos eunucos manchúes

No puedo pensar de otra manera: la barbarie legal que ocurrió con ese contrato fue precedida por la del espíritu de algunos. Eso lo hereda hasta el sonido de una historia que fue escrita con hacha. Por más que me digan que en eso participó el Deutsche Bank o Santa Teresa de Calcuta, lo que pasó es un agravio de marca mayor.
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La jugada quisieron hacerla perfecta, pero hasta los inteligentes cometen errores. Unos pocos intentaron privatizar la GEO, un importante bien del Estado que el año pasado dejó $120 millones de ganancias, sin pasar por la Asamblea Legislativa.

Para eso se inventaron una licitación internacional. Dijeron que

buscaban un “socio estratégico”. Pero el verdadero propósito era que un grupo de italianos, entre ellos Silvio Berlusconi, se apoderara de la GEO, una de las empresas públicas más rentables del país.

La verdad apenas comienza a conocerse. Mauricio Funes tuvo el valor de empezar a narrársela al país. Lo hizo con valentía, sin que le

temblara la mano. Otros, como Tony Saca y Nicolás Salume, frenaron antes el saqueo. Ambos mandaron al carajo a Berlusconi, a pesar de las dos cartas que recibieron para que le entregaran el vapor del subsuelo.

Lo que sucedió es, exactamente, como si se nos dijera que en ANDA se quiere un socio para buscar agua y que, por cada dólar que ponga, se le den acciones que le traspasen la propiedad de esa institución.

Aunque algunos nos quieran ver cara de pendejos, eso solo tiene un nombre: privatización. El resto es disfraz, mentira, cinismo, descaro.

Los italianos dicen que han invertido $105 millones. Según sus cálculos, ya casi son los dueños mayoritarios de la GEO. Sin embargo, dentro de los $105 millones se incluye una máquina que se colocó en Berlín y que falló a los dos meses desde que la colocaron. CEL trajo hasta un polaco para que la arreglara, pero sin éxito. Creo que todavía no sirve. Tampoco permitió elevar la producción de energía eléctrica con el vapor del subsuelo, que es de todos los salvadoreños. Se dijo que la máquina era casi nueva y que venía de Europa; pero algunos encontraron hasta colillas chinas entre los envoltorios. Lo peor es que quienes trajeron a los italianos al país no crearon sistemas de control o verificación para establecer si la máquina valía $90 millones, como se dijo, o solo $700. Si nos dicen que la vacuna vale $1,000, hay que aceptar el precio. (Tigre suelto contra burro amarrado).

Yo respeto a los periodistas que dicen que debemos cumplir la firma que se coloca en un contrato. Pero el mejor consejo que les doy es que pidan que se les muestre todos los documentos sobre el caso.

Nuestro oficio es buscar la verdad. El resto es parodia.

Estoy seguro de que cuando entiendan lo que realmente sucedió, clamarán para que, al menos, se plantee un juicio de lesividad en defensa de un bien del Estado. La ilegalidad con la que se actuó, la inconstitucionalidad que hay en el medio de todo y el daño a todos los salvadoreños es tan grande que no podemos quedar como eunucos manchúes.

Tampoco es cierto que todo está perdido. El arbitraje que se perdió en París, pedido por los italianos (no por la CEL), no es un certificado de que la derrota es el nuevo nombre. No olvidemos que hay recursos legales locales que se pueden usar. Tampoco olvidemos que una sentencia de la Sala de lo Constitucional anuló la concesión en la que está envuelta ENEL porque nunca le fijaron un plazo. Eso, al menos, le puso un freno al negociado que querían llevarse a Milán: el control de una empresa que gana, en un año, $120 millones a cambio de colocar, supuestamente, $105 millones en una década. ¡Esas inversiones sí valen la pena: se recuperan en menos de un año! Y las ganancias las querían para toda la vida, a cambio del vapor que tenemos bajo los pies. ¡Qué siga la fiesta!

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