No crecerá la inversión si no hay predictibilidad, seguridad y creatividad

Dejemos de paralizar decisiones por la obsesión de “lo que nos van a venir a quitar”, que es lo que ha trabado el despegue del Puerto de La Unión, por ejemplo. Así no se llega a ninguna parte.
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<p>En las condiciones actuales, que ya se han venido volviendo crónicas en el país, la inversión tanto interna como externa se halla estancada, con todos los efectos adversos que eso trae consigo. Se habla a cada instante de este fenómeno tan obstaculizador del desarrollo en todos los órdenes, pero hasta hoy no existen iniciativas para saltar el escollo y pasar a terreno libre, donde se pueda avanzar de veras. El Gobierno está anunciando una serie de medidas legales e institucionales para atraer inversionistas y fomentar el crecimiento; y las reacciones ante tal anuncio son de expectativa favorable, aunque con las dudas de siempre: hasta qué punto lo que se ponga en práctica será capaz de generar impacto real y sostenido.</p><p>Hay que tener presente que la inversión, de cualquier tipo y dimensión que sea, se mueve por atracción objetiva y por impulso subjetivo. Al inversionista, sea grande o pequeño, nacional o extranjero, hay que propiciarle atractivos que son de legislación pero sobre todo de cómo se aplican las leyes, que son de estabilidad pero sobre todo de aseguramiento de estabilidad en el tiempo, que son de estímulos e incentivos pero sobre todo de competitividad en juego con lo que el mismo inversionista pueda obtener en otros países del entorno y de más allá del entorno. </p><p>Lo primero que habría que hacer para convertirnos en un imán de inversiones que estén acordes con las dinámicas regionales y globales del presente es cambiar radicalmente nuestra forma de concebir el fenómeno de la inversión: seguimos actuando como si los inversionistas tuvieran que agradecernos el poder venir a invertir en nuestro país, cuando debe ser lo contrario. Al darle vuelta a esa noción que ya se volvió perversa por los efectos que nos ha venido produciendo, todas las derivaciones legales, institucionales y de fomento tendrían que modificarse hacia un realismo que sea de veras funcional y productivo. </p><p>Pero eso no basta. En el titular señalábamos tres componentes que son indispensables para que la inversión fluya y para que el desarrollo se mantenga en crecimiento: predictibilidad, seguridad y creatividad. La predictibilidad es certidumbre proyectada en el tiempo. Y en esto los políticos tienen la responsabilidad más grande. Vivimos aún inmersos en una especie de batalla fantasmal, de muy nocivos efectos, entre “izquierda” y “derecha”; y eso hace que impere la ambigüedad, que es fuente de toda clase de dudas e inquietudes. En las sociedades estables, se sabe que las diferencias entre contrarios, aun los más distantes entre sí, son de matiz, no de sustancia. En esas sociedades todos enfilan hacia el perfeccionamiento del sistema, no hacia el “darle vuelta a todo” en la primera oportunidad. La predictibilidad y la seguridad van por eso de la mano. </p><p>Y la creatividad es vital: en lo político, en lo institucional, en lo empresarial, en lo social. Las viejas fórmulas ya no funcionan, porque están atadas a los rancios prejuicios y a las trasnochadas ansiedades de poder. En este mundo de alta competitividad, para volvernos competitivos tenemos que ser audazmente creativos. Hay que analizar desapasionadamente por qué otros crecen y nosotros no, por qué otros atraen inversión y nosotros no; hacer los debidos diagnósticos y pasar al plano de las acciones para poder competir de veras, no con llamados sino con incentivos. Dejemos de paralizar decisiones por la obsesión de “lo que nos van a venir a quitar”, que es lo que ha trabado el despegue del Puerto de La Unión, por ejemplo. Así no se llega a ninguna parte. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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