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No es el tiempo el que pasa sino la vida, y por eso cada minuto es una eternidad concentrada

Ninguna maleza de la conciencia o del ambiente debe hacernos sentir cohibidos cuando está todo el futuro a las puertas. Ese futuro puede tener la duración que la suerte quiera, pero en ningún caso dejará de ser futuro, con todo lo que ello significa.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICALos seres humanos estamos inevitablemente sometidos a la disciplina del calendario, y por consecuencia natural medimos nuestro desarrollo existencial conforme a la calendarización que nos corresponde; pero aunque eso sea así de modo inescapable desde el momento de nacer hasta el instante de morir, habría que ponerle más atención a lo que en verdad significa nuestro paso por la existencia, que es a la vez orgánico, mental y espiritual. Independientemente de las creencias de cada quien, la vida nunca es un plan que podamos conocer de antemano, lo cual hace que el vivir personal sea a la vez una aventura abierta y un conjunto de posibilidades que cada uno trae consigo. Lo que resulte depende en gran medida de la inspiración, de la voluntad y de la disciplina; es decir, de la forma en que concibamos y apliquemos nuestro plan de autorrealización en el tiempo.

Y hablando del tiempo, deberíamos tratar ese tema con más profundidad y no como una simple aceptación de fechas que se suceden en cadena. Casi siempre hablamos del tiempo como de una especie de fatalidad que se nos impone desde afuera, en forma desconocida, cuando en realidad de lo que estamos hablando es de la vida en movimiento, que recibimos como efecto espontáneo del anhelo humano de perdurar. Y a partir de ahí le aplicamos al tiempo nuestra propia medida funcional, en especial en lo que caracterizamos como paso del mismo. Pero en realidad el tiempo fluye, no pasa: lo que pasa es una vida, que dura lo que tiene que durar en clave personal. Al tomar conciencia de ello se vuelve imperioso sin alternativas el compromiso de tratar nuestra dimensión temporal desde la interioridad del ser, porque es en dicha interioridad donde se gesta todo lo vivible.

Al sentir y vivenciar que es la vida la que pasa y no simplemente el tiempo, podemos posesionarnos con más capacidad de asimilación constructiva de nuestra propia e inescapable realidad personalizada. Casi nunca nos damos cuenta de ello, pero la vida es en verdad un desafío revelador que nos permite funcionar como artesanos trascendentales. No es el tiempo el que pasa, sino la vida; y al reconocer que es así, podemos sentir en alma viva lo que Dios o los dioses nos han puesto como tarea. No sabremos nunca, con pruebas fehacientes, que nuestra presencia aquí provenga de un designio superior, porque creerlo o no creerlo así depende de la convicción propia; pero en todo caso el solo hecho de existir constituye una exhortación a desarrollar destino, porque esa es la vía para darle sentido tanto a lo que somos como a lo que hacemos. Y es dentro de esa lógica que decimos que cada minuto es una eternidad concentrada.

Hoy es 30 de diciembre, y estamos pues a punto de arribar al primer minuto de 2018. Y la coyuntura es perfecta para reavivar y desplegar los impulsos de abrir brecha con ilusión y con determinación. Ninguna maleza de la conciencia o del ambiente debe hacernos sentir cohibidos cuando está todo el futuro a las puertas. Ese futuro puede tener la duración que la suerte quiera, pero en ningún caso dejará de ser futuro, con todo lo que ello significa. Y aquí sí hay que darle valor al calendario como impulsor periódico de renovados comienzos.

El Año Nuevo trae todos los años un mensaje de renovación, que siempre invita a limpiar la casa existencial y a sacar de las estancias mentales los objetos que ya se volvieron inservibles. Esa es una tarea saludable que no sólo permite ventilaciones más reconfortantes sino que mueve energías hacia el plano de las realizaciones; pero el Año Nuevo también nos hace sentir que algo queda irremediablemente atrás, con un claro sentido de pérdida. En ese péndulo nos movemos, y lo que no hay que permitir es que el contraste de tales sensaciones nos mantenga en vilo. Seamos nosotros los que conduzcamos la nave del vivir sobre las corrientes del tiempo.

La vida pasa, y tenemos que ser conscientes de ese incontenible pasar, para darle calidad de ejercicio superior. Al considerar que cada minuto es una eternidad concentrada lo que sentimos es que la eternidad ya está con nosotros, y que no necesitamos que la muerte nos sirva de edecán oficioso. La vida se vale por su cuenta, y tiene a la mano todos los recursos necesarios para que el tiempo se ponga a su servicio.

Lo que toca en este instante es que todos nos deseemos, en interioridad y en comunidad, un Año Nuevo que trascienda las expresiones para alcanzar el nivel de las animaciones. La vida nos sonríe, aunque las muecas del tiempo quieran hacerse valer.

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