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No es posible que el país salga adelante sin activar la voluntad de competir

Crecer de manera consistente es una tarea que demanda visión, compromiso y disciplina. Constituye un esfuerzo de largo aliento y de amplio alcance.
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Se habla constantemente del estado calamitoso de nuestros niveles de crecimiento económico, y es que desde allá por la mitad de la década de los noventa del pasado siglo estamos en una especie de modorra productiva, que ya se ha vuelto una constante que se retroalimenta de sí misma. Inmediatamente después del fin del conflicto bélico hubo un repunte de entusiasmo económico, provocado sin duda por la liberación de energías después de un largo período de sofoco histórico. Esto era espontáneo, y no podía sostenerse indefinidamente por su sola cuenta. Pasó lo de siempre: no se tomó aquello como un estímulo para mover las palancas de la creatividad haciendo lo necesario para remozar nuestras anquilosadas estructuras productivas, y muy pronto se dio el decaimiento, con las consecuencias que están a la vista.

A esto vino a sumarse otro fenómeno a la vez tranquilizador y desestimulante: el caudaloso flujo de divisas traído por las remesas familiares que envían los emigrantes. Sin ese flujo nuestra economía no hubiera podido mantenerse a flote; y, a la vez, dicha corriente de recursos fáciles ha hecho que infinidad de gentes se acomoden a la supervivencia sin esfuerzo. Mentes, brazos y manos dispuestos a progresar por su cuenta siempre ha habido en el país, y la mejor prueba de ello es justamente esa emigración que no se va a medrar, sino a buscar una nueva vida. El reto está en generar, con suficientes bases reales y dentro de nuestro territorio, una sensación de futuro que no tenga la fragilidad que ahora padecemos.

En tales circunstancias, lo que queda cada vez más en evidencia es que la dinámica económica del país no tiene el rumbo que se requiere para hacer accesible esa vivificante sensación de futuro a la que nos referimos. Y para ello son indispensables los grandes proyectos de desarrollo, que se conviertan en focos de progreso territorial y nacional. En estos días se ha activado, para el caso, el proceso de concesión del Puerto de La Unión, que tiene tantos años de estar en el limbo sin ninguna justificación. Esperamos que la concesión que al fin se defina ponga de veras a dicho puerto en la ruta del comercio mundial, y que no vaya a ser otra muestra de conformismo reductivo. Hay que apostarle a lo grande, sin excusas ni pretextos.

Una de las cosas verdaderamente básicas que estamos necesitando es tomar conciencia concreta de nuestras capacidades competitivas, a partir de nuestras ventajas comparativas, ya que estamos en un mundo en el que hay una inmensa cantidad de nichos de oportunidad. La competitividad se basa en la productividad, y el reto de volvernos productivos de veras es crucial. Esto implica educación y motivación, por encima de los moldes tradicionalistas. Para lograrlo hay que fomentar la creatividad. El emprendedurismo creativo que conduzca a ampliar los horizontes empresariales.

No basta con dar nuevas leyes que favorezcan la inversión, ni con ampliar los incentivos para producir más y mejor: es preciso poner a El Salvador en el mapa de la competitividad global en todo sentido. Esto significa remozar y remodelar el aparato productivo nacional, privilegiando la visión exportadora, que es la que nos proveerá la fuerza para darle fundamentos a nuestro desarrollo.

Crecer de manera consistente es una tarea que demanda visión, compromiso y disciplina. Constituye un esfuerzo de largo aliento y de amplio alcance. Y es la única forma viable de superar el estancamiento que tanto daño les hace a la autoestima y al progreso de la nación.

Tags:

  • emprendedurismo
  • crecimiento
  • divisas
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