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No es suficiente

La democracia y la institucionalidad democrática se fortalecen con población informada y formada; la lucha contra la corrupción y la impunidad se favorece con ciudadanos formados e informados.
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La Constitución de la República establece que la educación tiene la finalidad de lograr el desarrollo integral de la persona en lo espiritual, en lo moral y en lo social. Y dice también que tiene la finalidad de contribuir en la construcción de una sociedad democrática, próspera, justa y humana. Con 6.8 grados de escolaridad promedio ¿es posible cumplir con la expectativa que establece la Constitución?

La educación desarrolla competencias sociales que permiten una convivencia social democrática con el ejercicio de los valores correspondientes. La educación desarrolla habilidades, destrezas y competencias para producir y multiplicar la riqueza nacional, aprovechando de manera inteligente, creativa y sostenible los recursos disponibles.

¿Es posible el desarrollo social con 6.8 grados de escolaridad? Hay diferencias que reflejan la concentración en la distribución de oportunidades que se traducen en exclusión. En 2015, la población del Área Metropolitana de San Salvador (AMSS) registró 8.9 grados, mientras que la del área urbana 7 y la del área rural 5. La diferencia de género es irrelevante. El problema es la brecha urbana/rural.

Con esta escolaridad ¿en qué se ocupa la gente? En 2015, a nivel nacional el 54 % de la población ocupada se registró en grupos de baja calificación: el 26 % son trabajadores no calificados y el 28 % laboran como trabajadores de los servicios o vendedores de comercio. Las mujeres se concentran en el grupo ocupacional de “trabajadores de los servicios y vendedores de comercios y mercados” con un salario promedio de $243.00 y los hombres en el de “trabajadores no calificados” con un salario promedio de $187.00 (DIGESTYC: EHPM).

Con trabajo decente, la sociedad aprovecha y multiplica su riqueza humana. Un trabajo decente necesita competencias de comunicación efectiva para dar y seguir instrucciones; un trabajo decente necesita competencias para organizar recursos; un trabajo decente necesita tomar decisiones y dar resultados en el tiempo previsto; un trabajo decente necesita de ingenio y creatividad para mejorar los bienes y servicios. Trabajos decentes necesitan de gente competente. Y esto es posible con gente educada.

La democracia y la institucionalidad democrática se fortalecen con población informada y formada; la lucha contra la corrupción y la impunidad se favorece con ciudadanos formados e informados. Con gente a la que le importa dónde vive y se autorrealiza. A la gente le importa cuando hay identidad y sentido de pertenencia, cuando hay valores y visiones que se comparten. Y esto necesita confianza y oportunidades concretas, reales y atractivas.

¿Cuáles son los valores que diferencian y hacen única la cultura y la sociedad salvadoreña? ¿Cuáles son los valores que se comparten para hacer crecer y prosperar la economía? En una reciente conversación sobre los servicios que se prestan a la comunidad salvadoreña a través de las encomiendas, el empresario de servicios se lamentó de la generalizada e internalizada cultura del engaño que prevalece en El Salvador.

No se dice la verdad porque se quiere sacar ventaja del otro. No se hace lo correcto porque se cree que “nadie” se va a enterar, dijo. Y así, en su trabajo ha visto cómo se pierden y cierran oportunidades de trabajar y de ganar sirviendo a los connacionales, que en Estados Unidos representan un gran mercado. Los empresarios que se dedican a ese negocio saben que hay restricciones para ingresar ciertos productos, pero lo hacen y se arriesgan. Y cuando los pillan en la mentira, las consecuencias son para todos. ¡Todos pierden por un ganguero y los gangueros abundan!

No somos confiables, dijo. El otro sabe que en cuanto se pueda, le sacaremos ventaja. Y no siendo confiables, se pierden oportunidades de negocio y desarrollo. La cultura del engaño, que compartió mi compañero de viaje, ¿prevalece en todos los órdenes de la vida?, ¿prevalece en los empresarios sin importar el tamaño?, ¿prevalece en los políticos partidarios, independientemente del color partidario? ¿Prevalece en los administradores y funcionarios públicos, sin importar sector, el cargo o el nivel?

Si hay elementos que nos hacen “sospechar” de esa cultura del engaño, indudablemente la educación tiene que ocuparse de mucho más que en la escolaridad medible. La educación se debe ocupar de hacer realidad sus propósitos. Y en esto, la familia, los maestros y las maestras son la clave. Los resultados de las acciones y omisiones los vivimos a diario. Si queremos otro escenario, hay que empezar a construirlo.

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  • democracia
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