No hagamos como el avestruz...

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En su diatriba del 8 de febrero pasado el presidente Trump dijo que los salvadoreños no somos amigos de Estados Unidos y que si no evitamos el paso de la droga hacia el Norte (nosotros y los países vecinos) va a cortar la ayuda que se nos brinda. Obviamente ignora las acciones de la base antidrogas de Comalapa y nada dijo de parar o controlar el negocio y consumo de estupefacientes dentro de su propio país.

Las acciones criminales en gran escala, como los ataques con armas automáticas al público indefenso de un centro comercial, las masacres de estudiantes en universidades y escuelas, los atentados contra maratonistas en las calles principales de grandes ciudades y otras acciones delictivas al por mayor, casi siempre son cometidas en Estados Unidos por personas bajo los efectos de las drogas que tienen en aquel país su mejor mercado y representan un negocio de miles de millones de dólares en distribución y ventas, celosamente guardados en bóvedas y cuentas “intachables”. Los traficantes y distribuidores en escala mayor se han constituido en un poder muy grande e incontrolable que aparentemente goza de amplios márgenes de tolerancia, porque si no ¿cómo se explica la enorme expansión en el consumo de drogas en Norteamérica y sus desastrosas consecuencias? Este drama es alimentado con mucho dinero.

Los servicios de seguridad del Estado, FBI, CIA u otros, apoyados en el Senado y el Congreso, tendrían que emplearse a fondo para combatir este flagelo y defender la calidad de vida de nativos e inmigrantes, que según el acta de independencia de aquel país “todos han sido creados iguales”.

Para encubrir a los negociantes de drogas –allá, como en los países productores– se busca chivos expiatorios. Y la pita se rompe por lo más delgado: no hay muros que protejan a los inmigrantes, que generalmente son personas de otro color y de otra lengua. A ellos, que son modestos trabajadores en su gran mayoría –y que en muchos casos salieron de sus países de origen huyendo de la violencia– no es humano castigarlos por su búsqueda de paz y alimento para sus familias. Estadísticamente ellos dan más de lo que reciben: levantan cosechas, construyen casas, limpian lo que otros ensucian, cuidan niños y ancianos, etcétera.

Las pandillas, que nacieron en Estados Unidos y desde allá extendieron su cultura y métodos hacia el Sur, están integradas por gente marginada. Censurables e indignantes son sus acciones, pero se trata de personas a quienes, para redimirlas, hay que devolverles su dignidad ahora atropellada por la humillante oferta “ayuda a cambio de mareros” que nos hacen desde un Norte al que siempre consideramos humanitario y cristiano, por sobre las aristas de la política y sus intereses.

Los mareros son personas descarriadas, pero personas, e intentar convertirlos en moneda de cambio para que sigamos recibiendo ayuda es peor que si nos llaman como nos han llamado junto a Haití y otros países. Pero, ¿qué podemos hacer?

Para la opinión pública salvadoreña es la hora en que el gobierno deje de apoyar dictaduras y recurra a organismos internacionales que nos hagan sentir su respaldo moral, que algo pesará en los círculos de poder en Washington llamados a detener esta carrera de ofensas verbales que lastiman a los estadounidenses tanto como a nosotros.

No nos pase lo que a los indiferentes cuando Hitler comenzó su prédica del odio racista, quienes dominados por el miedo no identificaron ni siquiera su propio riesgo. No hagamos como el avestruz que esconde la cabeza en tierra para aislarse de la realidad.

“A Dios rogando pero con el mazo dando”. No nos abandonemos a la desidia y al conformismo.

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