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No hay otro camino: o se estudia o se asesoran bien

A algún prójimo le revolveré el estómago, pero como aprendí desde joven que en una democracia no hay verdades definitivas, tengo que escribirlo: fue una tontería que los constituyentes salvadoreños impidieran la reelección presidencial consecutiva. Más tontería aún fue que declararan esa no reelección como norma pétrea (jamás puede ser reformada).
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Los franceses, históricamente los mejores y más revolucionarios constitucionalistas del mundo, nos pondrían a bailar con la más fea si preguntan ¿usted estaría de acuerdo con que los constituyentes de los años ochenta, o cualquiera posterior, amarren el destino de un pueblo para siempre? Ellos dirán mil veces no. Dirían que nada puede ser pétreo en una Constitución Política: si un pueblo decide por su propia voluntad recortar hasta su territorio, puede hacerlo. Es soberano.

Modernamente ya no debe aceptarse que un puñado de personas, por más patriotas que sean, sellen el destino de un pueblo para la eternidad.

Alguna parte de la doctrina constitucional que todavía cree en las normas pétreas las acepta pero exclusivamente relacionadas con aspectos fundamentales del Estado, como el territorio, o si se es una República, por ejemplo.

Pero los impedimentos a la reelección presidencial no pueden tomarse jamás como una norma pétrea, como ocurrió aquí. No es parte básica del Estado.

Alguna vez escuché a Gloria Salguero Gross decir (una constituyente que todavía sobrevive) que el impedimento a la reelección inmediata lo declararon norma pétrea por temor a que los militares se quedaran en el poder.

La justificación para que hicieran eso es buena, pero la técnica constitucional fue fatal: mezclaron agua y aceite con una impericia monumental. Escribo eso a pesar de que respeto el talento y la robustez moral de Glorita.

Si ustedes adoptan mi tesis constitucional, Funes podría ser reelecto automáticamente y toda la vocinglería contra Tony Saca tendría que callarse. La raíz del supuesto problema está podrida. El árbol debe caer. Estoy seguro de que si alguien presenta una acción ante la Sala de lo Constitucional, tendría que armarse un debate de padre y señor mío sobre este tema. Obviamente, las escuelas francesas y alemanas no podrían estar ausentes.

Las normas pétreas (como la que regula la no reelección inmediata) tienen cada vez más problemas para ser aceptadas en una sociedad democrática: 1) lesionan el principio democrático porque generaciones enteras pierden su soberanía; 2) privan a la Constitución de todo lo que la moderniza, como las reformas graduales; 3) las normas pétreas no sobreviven en tiempos de crisis; 4) tienen cada vez un valor jurídico más relativo; 5) son ilógicas porque un Estado, un pueblo, puede acordar hasta su extinción si así lo quiere; 6) las normas pétreas son un procedimiento agravado para irrespetar la voluntad popular. Los argumentos contrarios son gigantescos y razonables. Esas normas cada vez pierdan su escasísimo valor en la doctrina y la academia.

Ahora, la no reelección presidencial no solo plantea esas dudas. Hay otra mayor: ¿puede la Constitución Política limitar los derechos políticos de una persona como el derecho a elegir y ser electo?

El problema mayor es que la Constitución sustrae la reelección presidencial del debate público, con claro menoscabo de los derechos humanos y políticos.

La Constitución, todos lo sabemos, ocupa la cúspide en la jerarquía de las leyes. Pero el derecho internacional, especialmente en el campo de los derechos humanos, impide al constituyente hacer cuanto se le antoje.

En nuestro continente, la Constitución debe ser conforme a la Convención Americana sobre Derechos Humanos o el país se situará al margen del sistema interamericano. Y los derechos políticos son derechos humanos.

¿Qué pretendo decir con todo esto? El debate en asuntos de reelección es complejo. No lo usen políticamente. La saliva puede caerles en la cara. Y el que pretenda entrar en ese campo solo tiene dos caminos: o estudia o se asesora bien.

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