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No hay que anclarse en la memoria histórica: también hay que reconocer la imaginación histórica

Estamos en este plano por tiempo limitado, y aunque lo sabemos sin posibilidad de escape, tenemos la tendencia irresistible a actuar como si fuéramos a estar aquí por tiempo indefinido, cuando lo único indefinido al respecto es la duración de la fugacidad personal.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Una de las principales características del vivir humano consiste en la fugacidad con vocación de permanencia. Estamos en este plano por tiempo limitado, y aunque lo sabemos sin posibilidad de escape, tenemos la tendencia irresistible a actuar como si fuéramos a estar aquí por tiempo indefinido, cuando lo único indefinido al respecto es la duración de la fugacidad personal. Cada individuo, independientemente de su origen y de su condición, nace con capacidad de destino; es decir, con una tarea posible por realizar, lo cual es otro factor determinante de la sensación de que somos nosotros los que administramos el tiempo.

Y el sentir que estamos aquí como gestores de un desenvolvimiento destinado nos induce la convicción de que lo vivido sigue viviendo como fuente de autoconocimiento. Esto le da a la memoria una especie de prestigio trascendental, como si en ella se fueran concentrando las lecciones necesarias para seguir adelante con posibilidades de prosperar. Lo anterior mueve a creer que la memoria es la maestra del futuro, cuando en verdad sólo llega a ser una especie de acompañante espontánea, cuyas enseñanzas dependen en gran medida de lo que cada quien esté dispuesto a aceptar de su propia experiencia.

Lo que ocurre con las personas individuales se reproduce en el quehacer de las personas colectivas, incluyendo a los entes nacionales. Y ahí la memoria histórica adquiere calidad de instructora potencial del desenvolvimiento comunitario en el tiempo. La historia de cada sociedad asume las proporciones, los tonos y los matices del ser específico, como ocurre en los seres individuales y en los grupos familiares; y desde esa perspectiva hay que captar y entender los respectivos procesos de desarrollo en todos los sentidos. Por consiguiente, si algo no se puede generalizar es la historia vivida y su correspondiente memoria.

Por consecuencia, lo que en términos genéricos se ha dado en llamar memoria histórica debe recibir un enfoque analítico que no sólo redimensione los contenidos concretos sino que también, y sobre todo, reajuste las líneas del conocimiento factible en perspectiva. Y aquí se nos hace patente otro factor íntimamente vinculado con toda esta temática: la memoria, cuando se hace presente, no puede pasar de ser un resumen de lo vivido, que se arma de una manera inevitablemente arbitraria. Y es que en verdad lo que llamamos “historia” no pasa de ser un mosaico en el que el recolector de datos ubica las piezas disponibles de modo personal, aunque se base en investigaciones consistentes y en testimonios confiables.

Pero, en todo caso, recorrer las estancias del pasado es aleccionador sobre el presente e ilustrativo del futuro. Ahí es donde el factor imaginación surge como un elemento típicamente humano, que es el mejor combustible de la dinámica del tiempo. Al hacer el relato de lo que pasó salen a relucir los aportes continuados e incontenibles de la creatividad, que pueden tener sus pros y sus contras pero que ejercen siempre un poder impulsivo que es lo que verdaderamente va dejando huellas. Concentrar la máxima atención en dicho factor constituye sin duda la mejor receta para lograr que el guiso histórico exponga todos sus aromas, revele todos sus sabores y suelte todas sus sustancias.

En esta era de la globalización en marcha acelerada se hace más necesario que nunca redimensionar la memoria y revitalizar la imaginación, porque las tareas de la vida individual y social, nacional e internacional, requieren un aporte de inteligencia perceptiva y proyectiva que no tiene precedentes en el mismo rango de lo que ahora se da. Lo vivido, lo viviente y lo por vivir hacen un peregrinaje en común que se identifica de entrada al nomás pensar en ello. Por consiguiente, la novedad del análisis debe apuntarle a todas las novedades que trae consigo la realidad de hoy.

¿Qué debemos encarnar y representar los humanos de esta hora del mundo? Al menos tres cosas básicas: espíritu abierto, mente desprejuiciada y voluntad valerosa. Y como ingrediente unificador: inspiración infatigable.

Este es nuestro momento, nuestro único momento; y el hecho de que sea un cúmulo de proyecciones que se abren a todos los horizontes de lo vivible debe servirnos de reconstituyente superior, a la vez heroico y gratificante.

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