No hay que cejar en el empeño de que la democracia funcione a plenitud

Lo que en este momento se impone como requerimiento insoslayable del fenómeno real en desarrollo es poner en práctica cuanto antes el compromiso de hacer posible y sustentable que la democracia se consolide sin reservas de aquí en adelante.
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Los salvadoreños tendríamos que animarnos y comprometernos a hacer balance constante de lo que la realidad nos va trayendo en los sucesivos momentos de nuestra evolución nacional. Lo primero que nos debería preocupar es el hecho cierto de que hemos venido perdiendo poder de iniciativa en nuestro entorno inmediato, es decir el centroamericano, donde antes nos distinguíamos por ser los que llevábamos el estandarte de las novedades productivas. Y esto a pesar de que en aquellas épocas nuestras condiciones estructurales acumuladas a lo largo del tiempo no eran nada propicias para ser abanderados del progreso. Tuvimos prolongada fama de ser los aventajados en el desarrollo subregional, hasta que esa condición pareció diluirse en una irrelevancia que hoy nos condena a ir a la cola.

Es evidente que a partir de los años 60 del pasado siglo la realidad nacional comenzó a dar un giro sin precedentes, aunque eso prácticamente pasó inadvertido. Se empezó a dar en aquellos años un surgimiento social que no era efecto de ninguna estrategia política sino consecuencia de que la misma realidad estaba generando energías nuevas. Pero la política también recibía su cuota renovadora, aunque fuera de rebote. Traemos dos ejemplos al respecto: el aparecimiento al inicio de aquella década del primer partido político que merecía el nombre de tal: el Partido Demócrata Cristiano, que nacía con el ímpetu de las fuerzas alimentadas por una corriente internacional muy vigorosa en su momento; y la representación proporcional legislativa, que abría el espacio a una participación ciudadana más acorde con los tiempos.

Los años 70 del siglo pasado fueron la antesala de dos acontecimientos de la máxima trascendencia en nuestra historia: la adopción de la democracia como método de funcionamiento político y la instalación de la guerra interna en el terreno. Y no puede ser casual que hubiera esa sincronía que parecía premeditada pero que era natural revelación de la lógica histórica: los salvadoreños estábamos asumiendo, sin tomar la debida conciencia de ello, el peso de nuestra propia responsabilidad. La guerra destructiva y la democracia reconstructiva estaban viéndose las caras día a día en el ambiente. Todo en aquellos momentos era incierto; y había augurios de todo tipo en circulación. Pero la dinámica del proceso tuvo mucha más fe en nuestra suerte que nosotros mismos. La guerra no pudo consigo misma, y la democracia fue la gran beneficiaria.

Una gran beneficiaria siempre en veremos, y no porque hubiera luego del fin de la guerra remanentes que pusieran en peligro la supervivencia de la democratización, sino por todo lo contrario. Expliquémonos. Quedó en veremos porque al abrirse los espacios de la interacción democrática con la solución negociada del conflicto se hacía indispensable que las distintas fuerzas nacionales se pusieran las pilas de inmediato, a fin de que las energías desatadas pudieran encauzarse hacia la racionalidad política y socioeconómica. Al no producirse esto a tiempo, los desagües de la inoperancia comenzaron a hacerse sentir, y es eso lo que venimos viviendo y padeciendo en el curso de las ya rebosadas dos décadas desde que se suscribió el Acuerdo de paz. Todo esto tendría que ser analizado en clave nacional, para entender las distintas situaciones actuales.

Lo que en este momento se impone como requerimiento insoslayable del fenómeno real en desarrollo es poner en práctica cuanto antes el compromiso de hacer posible y sustentable que la democracia se consolide sin reservas de aquí en adelante. Esto demanda mucho más que declaraciones y promesas: es cuestión de activar voluntades y de coordinar estrategias. El combustible fundamental son las convicciones democráticas sinceras, monitoreables y verificables. Todo lo anterior está íntimamente vinculado con la honradez y con la transparencia. Y aquí tenemos que reiterar de manera inequívoca que las actitudes institucionales y ciudadanas deben estar en armonía para que los resultados virtuosos se produzcan y perduren. La democracia es también, y sobre todo, un anhelo vivido en común.

Es comprensible que haya muchas reservas, dudas y reticencias entre la ciudadanía por los trastornos que se vienen dando en la vivencia democrática diaria. El hecho de que en muchos temas –como la madurez partidaria, la efectividad institucional y la sensatez programática— haya todavía muchísimo por hacer crea impaciencia comprensible en el ambiente. Pero hay que apostarle a lo positivo, porque el país tiene mucha fuerza no desarrollada que si se trata con la inteligencia y la diligencia debidas puede hacer la gran diferencia en el futuro inmediato.

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  • democracia
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