No hay que perder de vista que la democracia siempre es una tarea por hacer

Cuando se habla de democracia es usual dar por sentado que si ésta ya existe en una sociedad determinada basta con dejarla estar para que se desarrolle por su cuenta; pero los hechos demuestran en todas partes que si algo necesita cultivo constante y fertilización periódica es la práctica democrática.
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 Y dichas necesidades derivan de la misma naturaleza de esta forma de régimen político y social, porque la democracia sólo fructifica de veras cuando recibe los debidos insumos de la voluntad ciudadana y el adecuado acompañamiento del quehacer institucional. Hay democracia si hay compromiso de que la haya en los distintos ámbitos nacionales, sea cual fuere la sociedad de que se trate.

En el caso salvadoreño, no cabe duda de que una de las fallas fundamentales de nuestra manera tradicional de proceder consiste en ir dejando en el camino trabajos inconclusos, con lo cual se desperdician energías y se frustran posibilidades a cada paso. Esto se aplica tanto a los proyectos específicos como a las estructuras básicas. La democracia es una de éstas, ya que de su consolidación y de su asimilación dependen todos los otros esfuerzos que se implementen para darle base a la convivencia pacífica y para garantizar el desarrollo consistente.

La implantación de la democracia ha sido el avance estructural más importante que ha reportado nuestro devenir histórico nacional. Y es providencial que por las condiciones en que tal implantación se produjo dicho fenómeno haya nacido bajo el signo de lo irreversible. Llegamos a la democracia luego de que el autoritarismo de derecha quedó agotado por su acumulada inoperancia y tal arribo se consolidó cuando la solución de la guerra le cerró las puertas a cualquier expresión de totalitarismo de izquierda. Así las cosas, el destino democrático se volvió destino de todos, independientemente de las fidelidades ideológicas.

En este panorama, la democracia se vuelve más que nunca una tarea por hacer, imperativa y comprometedora al máximo. Lo primero, entonces, debería ser que todos los actores nacionales asuman un acuerdo implícito: el de servirle a la democracia para que pueda desplegarse con la mayor libertad y con la mejor salud posibles. Este acuerdo, que ya está vivo en el ambiente y que sólo requeriría una aceptación inequívoca, traería como consecuencia espontánea una cosecha de otros acuerdos posibles en las diversas áreas del interés nacional.

Cuando se observa el descuido con que toda esta temática se maneja en la cotidianidad política salta de inmediato la sensación de que hay una falta notoria de conciencia de país y de responsabilidad de nación. Y esto se da mucho más entre las fuerzas y liderazgos políticos que entre los distintos sectores ciudadanos, que son los que verdaderamente le han dado sustento a la democratización desde que ésta se asentó en el ambiente. Habría que promover el compromiso real con el avance de la democracia en todos los sentidos, porque ésta desde luego no se limita a lo político sino que penetra en todos los tejidos y estructuras del cuerpo social para cumplir con su misión remodeladora de la vida y depuradora de la práctica.

En ese trabajo por hacer tienen un rol decisivo los valores que van implícitos en el desempeño de la lógica democrática. Valores como la libertad, el respeto, la solidaridad, la equidad y la probidad están en los primeros lugares de la lista. No se puede vivir la democracia sin honrar en los hechos lo que ella representa. Y en tal sentido, es imprescindible establecer una auténtica cultura de cumplimiento, que trascienda las declaraciones y pase a las realidades, que son en definitiva las que cuentan. El trabajo es complejo y permanente, y hay que acogerlo como tal para que haya resultados en el terreno.

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