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No hay que permitir que la retórica tome el protagonismo que le corresponde a la realidad

Ahora cualquiera dice cualquier cosa, y las respuestas que eso provoca son cada vez más disparadas en sentido adverso. Y lo más grave es que las medidas que se toman también van marcadas por tales despropósitos.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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El momento presente, con todas sus expresiones y sus contrastes, ha venido a activar mecanismos autodefensivos que no se anticipaban en sus vísperas. Y es que la dinámica evolutiva vivió una especie de vuelco inesperado allá cuando cambió abruptamente el escenario mundial al más alto nivel. Durante décadas, pareció que las normas del funcionamiento del poder estarían fijas por tiempo indefinido, pero de pronto tal percepción tuvo que girar de modo sorpresivo, y eso, que en aquella circunstancia no dio muestras de producir mayores consecuencias, sí las ha venido teniendo en el plano de las percepciones sobre el fenómeno real y de las emociones pasionistas que dichas percepciones acarrean.

En un escenario de esa índole, la erupción de la retórica es prácticamente el único recurso disponible que tienen los que se resisten de manera urticante a reconocer que el escenario global muestra hoy condiciones sin precedentes, que han venido a recomponer muchos criterios tradicionales y a reordenar múltiples esquemas de poder. No es de extrañar, entonces, que se esté produciendo un fenómeno que hubiera sido inimaginable hasta hace poco: los que forcejean con mayor ansiedad frente a lo que ocurre son los más poderosos, y los que con mayor empeño buscan acomodos en la realidad actual son aquellos que vienen de ser los invisibilizados de siempre. Y no es que estemos en un mundo al revés, sino todo lo contrario: el mundo se va enderezando en busca de una racionalidad sustentable, aunque en muchos sentidos no lo parezca.

Hay un factor que complica mucho las cosas y que es semillero de incontables trastornos en el día a día en todos los niveles: global, regional y nacional; ese factor es el predominio de la retórica sobre los análisis precisos y sinceros del fenómeno real, que es el que realmente merece y reclama atención. Los actores políticos, asediados en la práctica por tantas exigencias de hacer las cosas bien y de dar señales creíbles de ello, se refugian en las expresiones verbales para justificarse ante una ciudadanía que en todas partes se halla cada vez más dispuesta a hacerse sentir y a hacerse valer en lo que corresponde a sus intereses más sentidos.

Esa tendencia de verbalización abusiva está presente, como una plaga incontenible, en los distintos ámbitos de la cotidianidad, sin importar niveles de desarrollo. Ahora, el protagonista del día a día es el twitter, que es usado hasta por los líderes más encumbrados para ventilar sus insatisfacciones, sus autodefensas y sus rebeldías con gran frecuencia infantiloides. Esto, en cualquier otra circunstancia, habría sido insólito y hasta inverosímil.

Lo peor de todo es que el estar en un constante desgaste retórico, que se encona cada vez más por efecto del ejercicio en espiral de las palabras no controladas, hace que la realidad vaya siendo cubierta progresivamente por el desajuste contaminante de las opiniones y de las reacciones fuera de control. Ahora cualquiera dice cualquier cosa, y las respuestas que eso provoca son cada vez más disparadas en sentido adverso. Y lo más grave es que las medidas que se toman también van marcadas por tales despropósitos. Cuando esto se da en el plano político, sea nacional o internacional, las consecuencias nefastas no se hacen esperar.

Es claro que el mundo necesita suficientes dosis de sensatez que contrarresten los ejercicios malsanos, que comienzan casi siempre con manifestaciones verbales fuera de foco. No hay que olvidar, y ahora menos que nunca, que la sabiduría popular aplicable en todos los ambientes nos viene enseñando desde siempre que la mejor palabra es la que no se dice. Y los que tienen responsabilidades de conducción, en cualquier ámbito de la actividad humana, y ya no diga en los más altos niveles políticos, nunca deberían olvidar que las palabras nunca se recogen, y por eso soltarlas sin cuidado ni tino es la mejor manera de poner en tela de juicio la credibilidad y de apuntarle al descrédito que no tiene retorno.

Estamos, evidentemente, en una zona de tránsito histórico, y las diversas ebulliciones que se están dando a lo largo y a lo ancho del mapamundi tendrán que ir dejándole paso a la recomposición del mundo por venir. Esperemos que ese momento no se haga esperar más de lo prudente, y para ello todos tenemos que poner nuestra parte. Eso demostrará que la nueva era va ganando terreno, pese a todos los obstáculos.

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