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No hay que satanizar ni sacralizar la tregua entre las pandillas

Lo sensato es sumarse constructivamente a la lucha multifacética contra todas las formas de actividad antisocial y delincuencial.
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La tregua entre las principales pandillas que operan en el país para dejar de matarse entre sí ha sido una iniciativa novedosa que desde el primer momento, como era natural, despertó más reservas y rechazos que adhesiones y compromisos. El tema de la violencia, y sobre todo de la violencia homicida es, siempre y en cualquier circunstancia, un vivero de contradicciones. En este caso, el accionar pandilleril, que se ha venido convirtiendo cada vez más en un accionar delincuencial, levanta, como es lógico, múltiples reacciones; y una tregua entre pandilleros agudiza dicha dinámica, porque da la impresión de que la criminalidad está entendiéndose entre sí dejando fuera a las verdaderas víctimas de su accionar, que son los ciudadanos pacíficos y decentes.

Sin embargo, los fenómenos psicosociales nunca son simples ni admiten tratamientos y soluciones de esa misma índole. La tregua inició su presencia en el ambiente hace ya más de un año, y el primer efecto importante ha sido una baja sustancial y sostenida en la tasa de homicidios. Según datos oficiales, expuestos por el mismo Presidente de la República, de 67 homicidios por cada 100 mil habitantes se ha pasado a 30 por cada 100 mil. Este es un dato significativo, y el hecho de que se refiera a muertes entre pandillas no le resta valor. Hay que despojarse de al menos un buen porcentaje de prejuicios para entrar en una nueva fase de valoración de lo que está ocurriendo.

Evidentemente, falta muchísimo para llegar al verdadero control del fenómeno pandilleril, que se dejó crecer a lo largo del tiempo, por irresponsabilidad institucional. Cuando ya los efectos de tal fenómeno se hacían sentir con creciente impacto sobre la vida nacional, vinieron aquellos intentos fallidos que fueron las diversas “Manos duras”. Ahora, el aludido pacto ha venido a poner sobre el tapete la necesidad de enfocar dicho fenómeno desde la perspectiva realista: se trata, en el fondo, de una cuestión social, que va mucho más allá de lo que es seguridad pública. Desde luego, el Estado tiene que seguir combatiendo el crimen, en cualquier forma en que éste se manifieste, y para eso están entidades como la Fiscalía General de la República y la Policía Nacional Civil, así como el Órgano Judicial. Cada quien con lo suyo. Y lo más importante es que haya integración de esfuerzos, en pro de resultados consistentes y sostenibles.

Lo sensato es sumarse constructivamente a la lucha multifacética contra todas las formas de actividad antisocial y delincuencial. En ese sentido, calificar de “hipócrita” la tregua entre pandillas, como acaba de hacer nada menos que el Fiscal General de la República, es una reacción que no abona en nada al tratamiento de la problemática en cuestión. Por el contrario, lo que se necesita en este momento son actitudes que pueden ser críticas, pero en el orden de sumar y no de restar. La tregua es, en esencia, una señal de que hay que construir un proyecto para ir moviendo la solución del fenómeno pandilleril a partir de su verdadera naturaleza. Que haya aportes en esa línea, en vez de resistencias viscerales, que, aunque no sea esa su intención, contribuyen a mantener dicha problemática en un círculo vicioso.

Si la tregua, con sus más y sus menos, se ha mantenido ya durante más de un año, lo que hay que hacer es ir complementando esta iniciativa con otras de orden institucional que, dentro del marco de la ley, apunten hacia la superación integral de un problema que es en sí mismo de complejidad extrema.

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