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No lloremos mañana lo que no sepamos defender hoy

Cuando el último rey de Granada perdió la guerra y fue expulsado de su propia tierra, su madre, la sultana Aixa, le reclamó, gritándole, lo que en un moderno sentido pudiera traducirse como “no llores hoy lo que no supiste defender ayer”, porque efectivamente Boabdil había errado junto a sus generales en casi todas las estrategias de guerra: había hecho alianzas con quienes luego le traicionaron y había desoído a sus amigos naturales, acusándolos de conspiradores, sin siquiera notar los signos del tiempo, porque se encontraba cegado por su propia ambición. Esa espectacular lección de la historia pareciera que estamos empeñados en repetirla acá, en nuestro propio país.
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Mientras en Suramérica notamos lo extremadamente poco confiables que son los “socialistas del siglo 21” y su paupérrima concepción democrática; mientras vemos cómo el Gobierno de El Salvador se alinea con los tiránicos regímenes de Venezuela y el fraudulentamente electo del Ecuador; mientras oímos que los jerarcas del FMLN advierten que llegaron para no irse y que la población civil se aleja de la política por considerarla sucia y los populistas mesiánicos se perfilan como una tercera vía, cuando las estadísticas sugieren un descontento cada vez mayor por los políticos tradicionales; el principal partido político de oposición pareciera no tener una estrategia definida y en vez de buscar alianzas sanas y de acercarse a la población civil que es mayoritariamente conservadora, se enfrasca en pleitos intestinos que todo el mundo observa y se dedica a pelear a muerte para extraer al candidato para la presidencia del país, ¡cuanto antes que hablar del gabinete hay que ganar las elecciones! Y hay que hacerlo por una clara mayoría y cuidando el voto, preparándose para un potencial intento de fraude electoral.

¡Cuidado, salvadoreños! Porque si no salimos de la zona de confort y no elevamos el grito de libertad, exigiendo a nuestros representantes que se acerquen a quienes los elegimos, no solo durante la campaña política sino cada día; si los partidos políticos de oposición no hacen su trabajo buscando la unidad con quienes estamos hartos de la ineptitud y corrupción y no se acercan al clamor de la ciudadanía; entonces todos perderemos. Perderemos el derecho a opinar y el derecho a incidir; perderemos el derecho a decidir y sobre todo el derecho a disentir. Habremos perdido, en dos palabras, la libertad.

Ojalá que reaccionemos a tiempo, ojalá que podamos comprender antes que sea demasiado tarde que la unión hace la fuerza y que las divisiones estériles solo serán utilizadas en provecho de aquellos que creen en un totalitarismo anacrónico para perpetuarse en el poder. Hoy por hoy, nadie es ya suficientemente fuerte en sí mismo para ganarle al monstruo del fraude, si no es con apoyo de todas las fuerzas que creemos en la democracia representativa y en las libertades individuales.

Si el último emir de Granada, Boabdil Muhammad XII, viviera nuevamente y pudiera repasar los errores cometidos, seguramente habría notado que no todo el que critica los desaciertos es un enemigo y que para ser un estadista no basta salir retratado en anuncios de televisión o radio, sino tener la grandeza suficiente para anteponer el bien común a las ambiciones personales; y sobre todo sabría que la estrategia es necesaria, que la unidad también lo es; y aprendería a reconocer quiénes son los amigos y quiénes solo lo aparentan; y entonces hoy sería recordado como “Muhammad el Grande” y no como “Boabdil el chico”, como hoy se le menciona en los libros de texto.

Quiera Dios que la historia no nos recuerde así.
 

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