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No más corrupción ni impunidad

Todos hablamos sobre la corrupción, alguna idea tenemos de cuánto cuesta y, tendemos a tener una posición que, si bien la externamos verbalmente e incluso en redes, es en general “pasiva”. Reclamamos, pero poco hacemos.

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En El Salvador, el Índice de Percepción de la Corrupción muestra que este mal social ha ido ganando terreno, sin visos de mejoría. En 2006 nuestro país se ubicaba en la posición 57 (puntuación 4.0), en 2016 cayó a la 95 (puntuación 3.6), y se hunde hasta la posición 112 (puntuación 3.3) en 2017.

Pero cuidado, al hablar de corrupción no solo miremos hacia el gobierno y al sector político, incluyamos al sector privado, que en ocasiones juega el papel de incitador, ofreciendo mordidas a empleados hasta a funcionarios.

Es un mal que afecta a toda la sociedad: hemos ido perdiendo valores. Preguntémonos, ¿qué valor le damos a tener palabra; a honrar lo acordado; a respetar las promesas y a cumplir las leyes? ¿No son todos estos valores que sustentan la honestidad y la integridad de una persona?

Leía un artículo sobre la diferencia entre estos dos últimos conceptos que resaltaba que “honestidad” se refiere a siempre decir la verdad, ser razonable y justo en cada acción que realizamos. Mientras que “integridad” es la virtud de la persona que siempre actuará apegado a lo “correcto”, a sus principios e ideales de vida, sin dejar que nadie lo desvíe. Y esto lo hace, aunque esté solo y nadie lo ve, porque siempre está frente a su conciencia, frente a sí mismo.

Según el PNUD en un trabajo conjunto con la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC), ha estimado que en el mundo se paga anualmente $1.0 trillón ($1,000,000,000,000,000) en sobornos y estiman que mediante actos corruptos se roban otros $2.6 trillones ($2,600,000,000,000,000): en total más del 5 % del Producto Interno Bruto (PIB) mundial (el PIB estimado de El Salvador fue de $28,000 millones en 2018).

Humberto López, director del Banco Mundial para Centroamérica, señala: “La corrupción es el enemigo público número uno para el desarrollo en el mundo, no solo en Centroamérica”, aseverando que “la lucha no es fácil”, y que su institución “está siempre lista a acompañar a los países que se embarquen en la erradicación de este mal”.

También el Banco Interamericano de Desarrollo tiene programas de lucha contra la corrupción, en su trabajo para “reducir la pobreza y la desigualdad en América Latina y el Caribe”.

Por eso, no extraña escuchar a la embajadora de Estados Unidos de América, Jean Manes, decir: “Si tienen un líder de una institución que es un corrupto, eso significa que no podemos ayudar a esta institución... tienen que tener personas honestas”.

Ahora la gente tiene una nueva actitud: demanda transparencia y rendición de cuentas; y tiene una nueva mentalidad: cero tolerancia a la corrupción y la impunidad. Pero, aún nos falta llegar a jugar un papel activo como contralor social, no solo de denunciar y reclamar.

Por eso, vuelvo a recordar lo que me enseñó mi padre: “Grave delito comete aquel ciudadano, que pudiendo hacerlo, calla los nombres y los hechos de quienes destruyen o traicionan a la patria”. Claramente, la corrupción destruye y traiciona los intereses de la patria. Medítelo.

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