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No se podrá avanzar efectivamente en el tratamiento de ningún tema de país si los diversos actores nacionales siguen enclaustrados en sus trincheras

Que todos acaben por reconocer que la práctica democrática nunca es una refriega entre enemigos para ver quién sobrevive. La democracia, por su propia índole, no absolutiza nada ni a nadie.
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Lo que se dice en el título de esta columna es lo que circula constantemente por los distintos ámbitos de análisis de la realidad nacional. Y no sólo de análisis intelectual o técnico, sino también de valoración popular, porque hoy la ciudadanía, en sus diversas esferas, se va interesando de manera creciente por conocer qué pasa y por plantearse lo que debería pasar. Al respecto, pues, se incrementa el bagaje de las opiniones, que desde luego son variadas como corresponde al pluralismo natural en cualquier sociedad, y al mismo tiempo se activa el flujo de respuestas sobre lo que se debería y se podría hacer para que el país vaya saliendo de sus trampas históricas y se desprenda de sus ataduras de recorrido.

Como es evidente sin necesidad de ninguna comprobación adicional, los salvadoreños nunca hemos estado realmente dispuestos a convertir nuestra conducta colectiva en un ejercicio de racionalidad funcional. Esto parece tener su origen en nuestra manera más arraigada de responder a los desafíos sucesivos de la realidad: sin voluntad de análisis, sin interés en el diagnóstico, sin atención al encadenamiento de los hechos concretos y sin propósito de ir construyendo identidad a partir de la experiencia acumulada. Y en tales condiciones el quehacer histórico más parece una sucesión de imágenes desconectadas que se van volviendo amasijo ininteligible. Así se desperdician las lecciones y se van desactivando las oportunidades.

El cierre sistemático de los espacios de entendimiento razonable imposibilitaron que la democratización social, económica y política se hiciera presente allá desde los inicios de nuestra vivencia republicana, que por eso estuvo en todo momento marcada por distintos matices de autoritarismo excluyente. Si la democracia hubiera iniciado su andadura en algún momento del siglo XIX, se hubieran abierto los espacios de la convivencia pacífica y verdaderamente evolutiva. Si tal andadura se hubiera emprendido en alguna de las estancias temporales de la primera mitad del siglo XX de seguro se habría evitado el choque bélico que desgarró nuestro país durante la octava década de ese siglo recién pasado.

La guerra se fue construyendo en el curso del tiempo hasta que estuvo preparada para desplegarse en el terreno, allá en 1980. Ese despliegue duró una larga década y al final tuvo que llegar la solución política, que abrió una nueva era; pero ahí quedaron las trincheras para seguir en otra forma de conflictividad. Esto hay que tenerlo presente al evaluar lo que pasa en el ambiente en lo relativo a las relaciones de interacción sobre todo en el área política: una cosa es la competencia de carácter democrático y otra muy distinta el enfrentamiento de cariz antidemocrático. Esto último es lo que lastimosamente se sigue presentando en nuestro día a día, con las consecuencias desestructuradoras que están a la vista.

La diferencia crucial está centrada en un concepto verdaderamente básico: el respeto mutuo. Cuando hay choque sistemático derivado de posiciones irreconciliables lo que se impone es el irrespeto estratégico, que funciona como mecanismo presuntamente autoprotector; cuando hay contraste responsable lo que opera como factor decisivo es el respeto natural, que no es escudo compulsivo sino estímulo de normalidad interactiva. Si bien es cierto que una vez finalizado el conflicto bélico las violaciones a los derechos humanos fundamentales dejaron de ser lo que eran en las épocas previas, todavía falta mucho para que la sociedad salvadoreña esté libre de abusos sistemáticos y de procederes ofensivos.

Para que esto último se dé en forma sostenible habría que comenzar por reorientar a fondo las prácticas políticas, para liberarlas de las obsesiones traumatizantes y encaminarlas hacia los desempeños constructivos. Esto no es cuestión de ideologías sino de manejo de las ideas y de las posiciones que derivan de ellas. Por el mal manejo de dichas posiciones es que las viejas trincheras parecen continuar vigentes aunque en verdad ya sólo sean escombros de supervivencia artificial.

Que todos acaben por reconocer que la práctica democrática nunca es una refriega entre enemigos para ver quién sobrevive. La democracia, por su propia índole, no absolutiza nada ni a nadie. En ella lo que impera es la relatividad realista y saludable.

En el país, luego de varias décadas de estar en esto, ya no puede haber duda válida sobre lo que los dinamismos democráticos son y representan. Y de reconocerlo así todos resultarían fortalecidos, pese a que las fijaciones antidemocráticas quieran seguir diciendo lo contrario.
 

Tags:

  • democracia
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  • pluralismo
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