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No se trata de por quién votar sino en defensa de qué

Bukele ha sido el peor valedor del partido Nuevas Ideas, al que ha insuflado como aliento primigenio su misma prepotencia, su resistencia a aceptar las reglas del juego y su matonería. El presidente no conversa, los candidatos de ese partido no debaten; el presidente no es empático, la dirigencia de ese partido es agresiva en su narrativa; el presidente es intolerante, la dirigencia de ese partido también lo es.

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El edificio democrático se sustenta en la aspiración de máxima representatividad.

A veces, los habitantes de ese edificio, partidos y movimientos políticos que compiten por ocupar las plazas más importantes de la administración de la cosa pública reniegan del espíritu de este modelo de gobierno. Es entonces cuando comienzan a encontrarle imperfecciones, inexactitudes, a promover el revisionismo constitucional, a echarle las culpas de las insatisfacciones de la nación al aparato de pesos y contrapesos.

Tal división de pretensiones en la filosofía política ha sido una constante en la historia contemporánea, uno de los péndulos que explican el último siglo en el Hemisferio Occidental: la puja entre autoritarismo y democracia, entre despotismo y sistema de libertades.

¿Por qué los financistas y los dirigentes de un vehículo político pretenderían sabotear el mismo sistema que les permite contender? Porque la democracia es más amable como vehículo de acceso al poder que como instrumento de contraloría, es un juguete emocionante en la contienda política y un artefacto cortopunzante para quienes detentan el poder. Es así porque aunque el resultado final de la representatividad sea el empoderamiento del Estado, árbitro omnipresente y muchas veces el villano en el devenir de las naciones, el único sentido del diseño democrático es el colectivo, la protección de sus intereses, la salvaguarda de sus libertades a través de la ley.

Así, aunque el presidente de la República se haya servido del orden democrático y del sistema de partidos políticos para lanzarse a la vida pública hasta conquistar la primera magistratura salvadoreña con el apoyo mayoritario de los electores, renegó de sus obligaciones democráticas desde su mismo juramento como mandatario.

Siendo testigo de las bondades del sistema, le dio la espalda y ha conspirado contra él de modo sistemático: el historial de transgresiones comenzó con la ruptura del silencio electoral al mediodía de las votaciones presidenciales hace dos años, y lo encuentra con las mismas mañas a las puertas de unos nuevos comicios, ignorando el Código Electoral.

Bukele ha sido el peor valedor del partido Nuevas Ideas, al que ha insuflado como aliento primigenio su misma prepotencia, su resistencia a aceptar las reglas del juego y su matonería. El presidente no conversa, los candidatos de ese partido no debaten; el presidente no es empático, la dirigencia de ese partido es agresiva en su narrativa; el presidente es intolerante, la dirigencia de ese partido también lo es.

Es absurdo que los partidos políticos salvadoreños nacidos en este siglo sean juzgados por pecados de origen. A ARENA, al FMLN, al PCN se les achacaron en su momento los motivos y detalles que hicieron posible sus respectivas fundaciones, verdades históricas que admitieron incluso programáticamente. Pero es imposible no advertir que los vehículos del oficialismo, en especial el nuevo partido Nuevas Ideas, comparten el constreñido destino de estar ahí solamente para acumular poder para el mandatario, no por representatividad democrática sino como un trámite necesario para el proyecto de negocios de su círculo.

La pregunta final entonces no es por quién votar, sino en defensa de qué. Y aunque la democracia es generosa, también exige definición: o se está con ella o contra ella.

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