No son veinte ni siete; son veintisiete años

Hace veinticuatro años, la inmensa mayoría de los salvadoreños, con desbordante optimismo y amplias sonrisas, dimos una calurosa bienvenida a los Acuerdos de Paz
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Hace veinticuatro años, la inmensa mayoría de los salvadoreños, con desbordante optimismo y amplias sonrisas, dimos una calurosa bienvenida a los Acuerdos de Paz, pensando que estábamos a las puertas de una soñada era de concordia, tolerancia, paz y prosperidad, que nos devolvería el liderazgo productivo que El Salvador mantuvo en la región durante décadas.

Se vislumbraba una coyuntura histórica y una mágica oportunidad para cambiar el rumbo del país.

Hace veinticuatro años se nos hizo creer que con un nuevo formato político en el que reinarían la paz y la justicia, y con una sensación colectiva de libertad, recuperaríamos con creces la credibilidad perdida ante los inversionistas nacionales e internacionales. Eso nunca ocurrió. Poco a poco la frustración se apoderó de todos nosotros, excepto de aquellos que obtuvieron réditos políticos o económicos como producto de esos benditos acuerdos; benditos porque se puso fin a una era de muerte y destrucción, pero que no tuvieron la trascendencia que se esperaba en el futuro de los salvadoreños.

La guerra ensombreció muchas cosas, y los gobernantes que la afrontaron al menos tenían ese pretexto para justificar el desorden social, la migración y el estancamiento de la economía; pero una vez llegado el silencio de las armas, los gobernantes no tuvieron la visión necesaria para reconstruir a El Salvador desde todo punto de vista –humano, político, social y económico–; y pasaron veinte años con el partido de la derecha en el poder, durante los cuales se pasó del desorden social a una incontrolable violencia; del descontento social a la migración masiva, interna y externa; de la desaceleración económica a la crisis. El partido en el poder hizo muy poco o nada por los más necesitados. Las cosas habían cambiado pero seguían igual, excepto porque ya no había disparos entre los bandos en conflicto y porque se podía decir lo que se quisiera, aunque nadie escuchara.

Por dolosas acciones de unos y por la ineptitud de otros, aun con elecciones que podríamos calificar como libres, se ha conducido al país por rutas totalmente equivocadas; y como ingrediente adicional, la polarización de la lucha armada se trasladó al ámbito político y se convirtió en poderoso lastre que ha frenado aún más el desarrollo económico y ha sumergido al país en una profunda crisis que nos ha hecho tocar fondo, ante una vorágine de angustia, desesperación y llanto, productos a su vez de la inseguridad física y económica, la corrupción, la impunidad y la pobreza, entre otros grandes males.

La llegada del FMLN, con promesas de un cambio que nunca apareció, generó mucha esperanza que más temprano que tarde se transformó en profunda frustración. Justificaban su inoperancia aduciendo que los problemas eran “producto de los veinte años de los gobiernos anteriores”. Ahora, a siete años de una ineficiente gestión, el pretexto de los veinte años se viene abajo y la crisis se profundiza, con graves señalamientos de corrupción y de muchas promesas electorales no cumplidas.

No son solamente los veinte años de ARENA ni los siete años del Frente los que nos han hecho perder la fe y la esperanza. Son los veintisiete años de ambos. Veintisiete años de polarización, de zozobra, de tristeza, de angustia y de sufrimiento para muchos de nuestros compatriotas. Veintisiete años de incertidumbre, de inoperancia, de corrupción y de impunidad. Veintisiete años en los que ha faltado rumbo, transparencia, así como la voluntad y la capacidad de todos los gobernantes para encontrar la ruta que nos lleve a una nueva era de paz, de reconciliación, de justicia social y desarrollo económico.

Tags:

  • acuerdos de paz
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